Nunca pensé que una despedida pudiera sentirse tan cómoda... y tan rara al mismo tiempo.
La terraza estaba llena de esa calidez típica de la familia de Fernando: luces colgantes titilando como si fueran luciérnagas artificiales, platos compartidos en el centro de la mesa, risas mezcladas con anécdotas, y copas que se llenaban sin necesidad de pedirlo. Todo tenía ese aire de "hogar" que a veces me costaba asociar con él... con nosotros.
Pero ahí estaba yo. Sentada entre Valentina e Isabella, escuchando al tío de Fernando contar una historia que, según Andrés, era la versión número siete de un mismo viaje en velero. Todos reían, incluso Fernando, que pocas veces se dejaba ir de esa manera.
—¿Y tú, Sofía? —preguntó de pronto Laura, sacándome de mi trance—. ¿Qué fue lo que más te gustó de este viaje?
Me tomó unos segundos responder. No porque no supiera, sino porque la respuesta real no podía decirla en voz alta. Dormir abrazada a tu hijo no estaba en mis planes, señora Laura.
—Creo que... lo que más me gustó fue el ambiente —respondí, sonriendo—. La familia. Todos han sido muy amables conmigo.
—¡Y la comida! —añadió Valentina, dándome un leve codazo—. Dile la verdad, extrañas los postres de mamá.
—Obvio. Eso no se discute —reí.
Fernando me miró entonces, con esa expresión suya que uno nunca termina de descifrar. Ni frío ni cálido. Solo... atento.
Por dentro, yo ya estaba sintiendo que el reloj corría más rápido de lo normal. Cada carcajada, cada brindis, cada gesto amable me recordaba que en unas horas ese capítulo se cerraría. Y no sabía si estaba lista.
Porque por mucho que este matrimonio fuera una farsa, lo que había vivido aquí se sentía muy real.
Y lo real, a veces, se aferra sin pedir permiso.
—A mí me va a hacer falta tu risa en las mañanas —dijo de pronto Luca desde el otro extremo de la mesa, haciendo que todos se volvieran hacia él con una mezcla de sorpresa y ternura—. Bueno, y que me salves del café quemado de Fernando.
Las risas estallaron al instante. Incluso Fernando sonrió, negando con la cabeza como si no fuera cierto.
—No estaba quemado, era... intenso —replicó él, con su típica voz tranquila.
—Claro, intenso como un castigo —respondí, entre risas, y la mesa volvió a llenarse de comentarios alborotados.
Laura me miraba con esa expresión suave que había aprendido a reconocer durante estos días. Casi maternal. Como si viera en mí algo que ni yo terminaba de aceptar.
—Gracias por cuidarlo —me dijo en voz baja, lo suficiente para que solo yo la escuchara.
Yo solo asentí, tragando un poco más fuerte de lo necesario. No tenía palabras. Porque... ¿cómo se le explica a una madre que su hijo no necesitaba cuidados, sino tal vez compañía? ¿Y que, sin querer, ambos habíamos terminado acompañándonos más de lo pactado?
La noche continuó entre anécdotas, vino, y esa sensación rara de saber que algo terminaba, aunque no supieras exactamente qué.
En un momento, mientras todos conversaban, sentí la mano de Fernando rozar apenas la mía bajo la mesa. Un toque sutil, casi accidental... pero no lo retiró de inmediato. Y yo tampoco.
No dijimos nada. No hacía falta.
Porque a veces, el silencio entre dos personas también habla.
Y el nuestro, en ese instante, decía más de lo que cualquier contrato podría haber previsto.
ESTÁS LEYENDO
Propuesta Laboral ©
RomanceTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
