El agua caliente caía sobre mi espalda mientras intentaba convencerme de que esta cena sería solo eso: una cena más. Formal, elegante, llena de conversaciones de negocios, risas ensayadas y sonrisas estratégicas. Nada que no hubiera vivido antes.
Pero claro, eso fue antes de que revisara el celular.
"Esta noche no vienes como mi asistente. Vienes como mi esposa. A las 6:40 paso por ti."
—Fernando.
Leí el mensaje dos veces, por si mi cerebro resacoso del estrés había entendido mal. No. Ahí estaba. Claro como el agua... aunque igual de frío.
—¿Perdón? —murmuré, mirando el teléfono con el ceño fruncido, como si fuera a darme alguna explicación.
Porque una cosa era fingir el matrimonio cuando viajábamos. Otra muy distinta era hacerlo frente a los ejecutivos, en mi ciudad, en mi trabajo.
Me envolví en la toalla y salí del baño, aún mascullando la situación. Revisé el reloj. 5:52 p.m. No tenía demasiado tiempo para cuestionar sus motivos. Solo para vestirme, respirar hondo... y aparentar que todo era perfectamente normal.
Fui hasta el perchero donde colgaba el vestido negro que había elegido esa mañana con la ingenua intención de parecer profesional. No sabía que terminaría necesitando un disfraz de esposa trofeo.
—Perfecto —murmuré con ironía, desenrollando la toalla de mi cuerpo—. Justo lo que me faltaba para cerrar la semana.
Me vestí con movimientos rápidos pero cuidadosos, deslizándome dentro del vestido como si ya lo hubiera hecho mil veces. El tejido abrazó mi figura con precisión quirúrgica, marcando cada curva sin caer en lo vulgar. Los hombros descubiertos me hacían sentir expuesta, pero también... poderosa. Como si pudiera entrar en una habitación y hacer que todos se callaran solo con una mirada.
Me puse los tacones plateados —los de las piedritas brillantes que Lisa juraba que eran "peligrosos en la pista de baile pero letales en una sala de juntas"— y caminé hasta el espejo.
No parecía una asistente.
No parecía alguien que solo estaba cumpliendo un contrato laboral.
Parecía la esposa de un CEO. La esposa de Fernando Woodley.
Y eso, honestamente, me daba tanto poder como miedo.
A las 6:39 en punto, mi teléfono vibró. Un mensaje breve, conciso, como él.
"Estoy abajo."
Tomé aire. Una vez. Dos.
Después agarré mi pequeño bolso con los dedos ligeramente temblorosos y bajé las escaleras.
Cada tacón golpeando el suelo sonaba como un redoble de tambor antes de una batalla. Porque eso era. Una batalla entre la imagen que teníamos que proyectar y la maraña de emociones que yo apenas empezaba a desenredar.
Cuando abrí la puerta principal, el frío me recibió como una bofetada suave, y allí estaba él.
Fernando, apoyado contra su auto, con el celular en una mano y la otra en el bolsillo de su abrigo. Vestía un traje negro impecable, camisa blanca y corbata oscura. Clásico. Elegante. Letal.
Alzó la vista al escuchar la puerta.
Y por un segundo —solo uno, lo juro—, dejó de respirar.
Sus ojos se pasearon por mí sin disimulo, como si intentara memorizar cada detalle antes de hablar. Pero no dijo nada. Solo abrió la puerta del copiloto.
Un caballero... cuando quería.
—Gracias —murmuré, subiendo al auto con la mayor dignidad que me permitían mis nervios y el vestido ajustado.
ESTÁS LEYENDO
Propuesta Laboral ©
RomanceTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
