Estábamos en plena sobremesa, con el café ya servido y las galletas dando vueltas por la mesa, cuando mi abuela, con ese tono suyo que no es exactamente de curiosidad, lanzó:
—¿Y dónde se están quedando ustedes? ¿En casa de tus padres?
Yo iba a contestar, pero mi mamá se me adelantó, moviendo la cabeza con una sonrisa entre resignada y divertida.
—No, mamá. Están en un hotel. Tu yerno favorito ya les dijo como diez veces que se queden en la casa, pero no hay poder humano que los convenza.
Fernando, con la taza en mano, sonrió con su estilo cortés de siempre.
—No queremos incomodar, señora. Además, ya teníamos la reserva hecha y... bueno, no queremos interrumpir la dinámica de nadie.
La abuela soltó una carcajada sonora.
—¿Interrumpir la dinámica? Pero si esa casa es como una fonda: entra y sale gente todo el tiempo. Y si no quieren quedarse ahí, ¡entonces vénganse conmigo!
Fernando y yo nos miramos, sorprendidos.
—Abue...
—¡Nada de peros! Aquí hay cuartos de sobra. Además, yo ya estoy vieja, me duermo temprano y... —se inclinó un poco hacia nosotros, bajando la voz con una sonrisa cómplice— ya me falla el oído, así que ni me entero de nada.
Mi mamá soltó una risa mientras negaba con la cabeza.
—Má, por favor...
—¡Es en serio! ¿Cómo va a ser posible que estén pagando un hotel teniendo tanto lugar donde quedarse? Este muchacho está muy guapo, sí, pero eso no le da permiso para andar derrochando.
Fernando alzó las cejas, divertido.
—Tomo nota, señora.
—Decime Carmen, por favor. O mejor aún, abuela Carmen. Ya estás en el club.
Yo no sabía si reír o meterme debajo de la mesa. Pero al mirar a Fernando, lo vi completamente tranquilo, como si de verdad no le molestara estar ahí, entre bromas, cafés y propuestas de adopción no tan sutiles.
La sobremesa se nos fue estirando sin darnos cuenta. Mi abuela no solo tenía historias para cada plato que había cocinado, también sacó anécdotas de cuando yo tenía cinco años, fotos impresas (¡fotos!) y una caja con recuerdos que "casualmente" apareció justo a tiempo para el café.
Fernando escuchaba con atención, sonriendo en los momentos justos, haciendo preguntas como si de verdad le interesara todo... y, sorprendentemente, parecía que sí. Mi mamá no hablaba mucho, pero observaba. Con esa mirada suya que lo analiza todo sin decir nada.
—Bueno —dijo de repente mi abuela, cruzándose de brazos como quien toma una decisión final—. Entonces, ¿a qué hora me traen las maletas?
—¿Cómo? —pregunté, medio riendo.
—Pues claro, si ya decidieron quedarse conmigo, no van a andar yendo y viniendo del hotel como turistas confundidos. Me traen sus cosas y listo.
Fernando me miró, buscando mi reacción. Y yo... ya estaba entregada.
—Está bien, abuela. Vamos al hotel, recogemos todo y volvemos.
—¡Eso quería oír! —dijo, encantada, como si hubiera cerrado una negociación importante. Luego agarró otra galleta y, mientras sonreía, remató—. Y no se tarden, que a esta edad no me gusta cenar sola.
Fernando soltó una risa bajita mientras dejaba la taza en el platito.
—Prometido, abuela Carmen.
—¡Así me gusta! Este muchacho aprende rápido.
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Propuesta Laboral ©
RomanceTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
