Capítulo 43

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Después de unos minutos de silencio tenso en la oficina, Fernando se levantó de su silla, fue hasta la ventana y se quedó mirando hacia la ciudad con las manos en los bolsillos. La luz del atardecer delineaba su silueta, proyectando una sombra larga sobre el suelo de mármol. Parecía estar calculando cada paso, cada palabra. Finalmente, sacó su celular y marcó un número, su tono bajo y serio mientras hablaba.

Cuando colgó, se volvió hacia mí.

—Va a ser un poco complicado que salgas por la entrada principal —dijo con esa calma que a veces irritaba—. Aún no conocen tu cara, pero prefiero no arriesgarme. Llamé a José, vendrá a recogerte.

Me crucé de brazos, sintiendo una mezcla de incomodidad y resignación.

—Te esperará en el estacionamiento subterráneo —añadió, acercándose un poco—. Así que no tienes que preocuparte por los periodistas. En unos quince minutos estará aquí.

Asentí, sin confiar del todo en que eso bastara.

—Tómate el resto del día libre —agregó—. Aprovecha para descansar un poco y preparar lo que necesites para el viaje de mañana.

Quise responder algo ingenioso, tal vez sarcástico, pero solo logré asentir con una media sonrisa tensa.

—Entendido, señor Woodley.

Él alzó una ceja, con esa expresión entre divertido y desafiante que a veces usaba conmigo.

—Fernando.

Lo miré un segundo más, respiré hondo, y salí de su oficina sintiendo que, más que dejar un despacho atrás, estaba cruzando una línea invisible. Una que ya no tenía vuelta atrás.

Caminé por el pasillo con pasos firmes, aunque la verdad es que cada zancada se sentía más pesada que la anterior. A cada cruce con algún compañero, sus miradas se desviaban rápido, pero el murmullo detrás era evidente. Ya no era solo la asistente discreta que tomaba notas en las reuniones... ahora era la esposa del jefe.

Bajé al estacionamiento subterráneo y, tal como Fernando dijo, allí estaba José. Apoyado con elegancia junto al auto, con las manos cruzadas frente a él y una expresión serena.

—Señora Woodley —saludó, abriéndome la puerta con una leve inclinación de cabeza.

—Sofía —le corregí con una sonrisa, aunque en realidad ni yo me creía ese intento de normalidad.

Él no insistió. Subí al auto y nos alejamos del edificio sin cruzar palabra. Afuera, vi a varios periodistas esperando con cámaras listas, rondando la entrada como tiburones oliendo sangre. Por suerte, desde el sótano no me vieron salir.

El trayecto fue tranquilo, pero mi cabeza iba a mil. Pensaba en todo lo que había cambiado en solo unos días. En la cena, en Caroline, en Fernando y ese "iremos personalmente" que aún me retumbaba en el pecho. ¿Íbamos? ¿Como un equipo real? ¿Como una pareja?

Suspiré. Tal vez necesitaba una ducha, una siesta y... un botón de pausa para la vida.

Cuando por fin llegamos al apartamento, José bajó y me abrió la puerta con la misma amabilidad de siempre.

—Gracias —le dije, con más sinceridad que antes.

Asintió, se despidió y volvió al coche. Yo me quedé allí, frente a la puerta de mi hogar, con la llave en mano, sintiendo que ese lugar que antes era mi refugio ahora también traía nuevas preguntas.

Entré. Todo estaba en silencio.

Lisa aún no volvía del trabajo.

Dejé el bolso sobre el sofá, me quité los tacones y me dejé caer en uno de los cojines con un largo suspiro. Mañana volaríamos a España. Mañana tendría que enfrentar a mi familia. Pero hoy... hoy solo necesitaba un momento de calma.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora