Capítulo 52

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La luz entraba suave por la ventana entreabierta, mezclándose con el canto de los pájaros y el olor a café recién hecho que subía desde la cocina. Todo en casa de la abuela Carmen parecía más tranquilo esa mañana, como si después del torbellino de la reunión familiar, la casa misma necesitara respirar.

Fernando todavía dormía, medio enredado en las sábanas, con el cabello despeinado y una mano colgando fuera de la cama. Yo ya estaba despierta, con el celular en la mano, viendo fotos borrosas de la noche anterior y riéndome sola con los subtítulos que habían puesto mis tías en el grupo familiar.

Cuando por fin Fernando se estiró y abrió los ojos, me miró con una expresión mezcla de confusión y pereza absoluta.

—¿Dónde estamos? —murmuró, medio dormido.

—En la casa de la abuela. Sobreviviste —respondí, dándole un leve golpecito en el brazo—. Felicidades.

—¿Sobreviví? Apenas puedo moverme. ¿Esto cuenta como trauma cultural?

—Es la resaca emocional. Le pasa a todos los que pisan esta casa.

Bajamos a desayunar en pijama, sin prisa, con la promesa tácita de no hacer nada productivo ese día. La abuela nos recibió con pan tostado, mermelada casera y una montaña de fruta que claramente pensaba alimentar a más de dos personas.

Todo parecía ir sobre ruedas hasta que apareció Olivia.

—Buenos días —dijo, entrando con su chaqueta ligera y el cabello aún mojado, como si hubiera salido a correr por la ciudad o algo igual de productivo.

—¿Dormiste bien? —pregunté, mordiéndome una fresa.

—Sí. Y soñé que te convencía de hacer algo que normalmente jamás aceptarías —dijo, sonriendo con demasiada intención.

—Eso suena... alarmante —dijo Fernando, alzando una ceja.

Olivia se sirvió café, se sentó con nosotras y fue directo al grano.

—Algunos amigos se enteraron de que estoy en Madrid. Me invitaron a salir esta noche a un club que queda cerca del centro. Nada loco, es más de música en vivo, tragos tranquilos... ambiente cool. Y pensé: ¿por qué no llevar a mi hermana y a su esposo a divertirse un rato?

—¿Un club? —repetí, masticando lento—. ¿Con tus amigos médicos que hacen cardio a las seis de la mañana?

—No todos son así, lo juro. Algunos son hasta normales. Y quiero que vengas tú. Los dos. Es mi única noche libre antes de que me secuestren en conferencias y cenas médicas aburridas.

Fernando me miró, entre curioso y escéptico.

—¿Qué opinas?

Yo respiré hondo. Una parte de mí quería quedarme en pijama todo el día viendo películas con mi abuela. Pero otra, más ruidosa y curiosa, no podía negar que me picaba la idea de ver a Olivia en su mundo... o al menos en el intento madrileño de ese mundo.

—Está bien —dije, cruzando los brazos sobre la mesa—. Vamos.

Olivia sonrió como si acabara de ganar una apuesta silenciosa.

—Perfecto. Entonces prepárense para esta noche —dijo animada.

En ese momento, la abuela apareció en la cocina con una bandeja llena de tostadas, huevos revueltos y un poco de jamón serrano.

—Aquí está el desayuno, querida —dijo con una sonrisa cálida—. No quiero que salgas con el estómago vacío.

Olivia la miró con cariño y gratitud.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora