Capítulo 50

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Desperté antes de que sonara el celular. La luz que se colaba por las cortinas era tenue, suficiente para distinguir el perfil de Fernando dormido a mi lado. Por un momento, me quedé quieta, como si necesitara procesar la escena.

Ya no recordaba cómo se sentía despertar así. Con él.

No dije nada. Solo me levanté con cuidado, tratando de no hacer ruido mientras buscaba mi ropa en la maleta. Fernando se estiró sin abrir los ojos.

—¿Ya es hora? —murmuró, medio dormido.

—Sí. Y más vale que bajes conmigo o abuela Carmen te va a ir a sacar con cucharas de madera.

Eso logró despertarlo del todo. Se sentó en la cama, despeinándose más de lo que ya estaba, y me lanzó una sonrisa perezosa.

En menos de media hora ya estábamos bajando a la cocina. La abuela, como si no durmiera nunca, tenía la mesa servida: pan tostado, mantequilla, mermeladas, café humeante y hasta jugo recién exprimido.

—¡Buenos días, parejita! —canturreó, sentada con el periódico abierto frente a ella—. Justo a tiempo, pensé que iban a quedarse haciendo cucharitas hasta el mediodía.

—Abue... —suspiré, sentándome.

Fernando solo sonrió, ya inmune a sus comentarios.

—Espero que tengan apetito —dijo mientras servía café—, porque les tengo una noticia.

Nos miramos al mismo tiempo.

—Estoy pensando en organizar una reunión familiar mañana. Algo sencillo, pero bonito. Así todos pueden conocer al señor esposo, que ya me dijeron varios que tienen curiosidad.

Fernando levantó las cejas. Yo solo puse cara de "ahora sí agárrate".

—¿Una reunión? —repetí, tragando saliva con el primer sorbo de café.

—Sí, mujer. No se preocupen, yo me encargo de todo. Ustedes solo tienen que venir bien peinaditos y con ganas de sonreír.

Fernando, con su taza en la mano, asintió como si nada.

—Será un gusto —respondió Fernando con esa calma suya que ya ni me sorprendía.

—¡Así me gusta, caramba! —dijo mi abuela, dándole un golpecito suave en la mano—. Eso es tener buena disposición. Y no te preocupes, que no es nada formal. Solo la familia, unas tapas, y tal vez un bingo si nos animamos.

—¿Bingo? —dije, casi atragantándome con el pan.

—Claro. ¿O qué te pensabas? ¿Que íbamos a hacer una cena de etiqueta? No, no, aquí todo es de andar por casa, pero con cariño.

Fernando no se inmutó.

—Nunca he jugado bingo en familia. Será una experiencia nueva.

—Ay, mi niño... te vas a divertir. Y más si te toca mesa con las tías. Aunque cuidado, que son competitivas.

Mientras hablaba, la abuela ya estaba haciendo una lista mental en voz alta: qué platos iba a preparar, a quién iba a llamar, qué manteles iba a sacar del baúl "de ocasiones especiales".

—Voy a hacer la tortilla de patatas de toda la vida, que le gusta a tu tío Paco... Y las croquetas, claro. Que si no, tu prima Marta se queja. Ay, y también la empanada gallega que me enseñó tu tía Clara... aunque esa lleva tiempo... Bueno, me organizo.

—¿Necesita ayuda con algo? —preguntó Fernando, genuino.

—No todavía, pero no cantes victoria, que mañana te pongo a cortar pan o a mover sillas —dijo la abuela, guiñándole un ojo—. Tú eres parte del evento, y aquí todos reman.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora