El sonido de los pasos contra el piso brillante del centro comercial se mezclaba con la música ambiental y el murmullo constante de la gente. Al entrar, una ráfaga de aire cálido nos envolvió, contrastando con el frío cortante del exterior. Fernando, a mi lado, caminaba con la misma seguridad de siempre, como si no importara si estaba en una reunión de negocios o en medio de vitrinas brillantes y anuncios de descuentos.
—¿Recuerdas para qué estamos aquí, verdad? —bromeé, girando el rostro hacia él con una sonrisa divertida.
—Claro —respondió, mirando alrededor con una mezcla de paciencia y resignación—. Buscar el vestido perfecto para que deslumbres en la gala. ¿Y yo qué haré mientras tanto? ¿Sujetar las bolsas?
—Esa es la idea —reí, empujándolo levemente con el hombro.
Fernando soltó una risa baja y siguió caminando. A pesar de su habitual postura seria, parecía cómodo, incluso entretenido. Tal vez no lo admitiría, pero estaba disfrutando más de lo que dejaba ver.
Nos detuvimos frente a una tienda elegante, con un escaparate repleto de vestidos largos, brillos y maniquíes con expresiones de superioridad casi cómica.
—¿Aquí? —preguntó él, arqueando una ceja.
Asentí, sintiendo cómo un pequeño nudo se formaba en mi estómago. Por alguna razón, elegir un vestido para esa gala —donde tendría que seguir fingiendo que era su esposa perfecta— me hacía sentir más nerviosa de lo normal.
—Sí... creo que aquí podemos empezar.
Fernando me abrió la puerta sin decir nada, pero su gesto fue tan natural que no supe si agradecerle o simplemente acostumbrarme.
El interior de la tienda era amplio, iluminado por luces cálidas que caían en cascada desde lámparas colgantes. Una dependienta de rostro amable y sonrisa ensayada se nos acercó casi de inmediato.
—Buenas tardes, ¿puedo ayudarles en algo?
—Buscamos un vestido para una gala —respondí antes de que Fernando pudiera decir algo—. Algo elegante, pero... no demasiado exagerado.
La mujer asintió, midiéndome con la mirada de arriba abajo.
—Creo que tengo justo lo que necesitas. Acompáñame.
La dependienta nos condujo por un pasillo repleto de vestidos de todos los colores y estilos imaginables. Con una gracia que solo las personas que trabajan en ese entorno parecen tener, fue eligiendo piezas de las perchas y mostrándonos lo que pensaba que podría encajar con lo que había descrito. Yo observaba atentamente cada uno, pensando en cómo se verían en mí, pero también cómo me sentiría usándolos.
—¿Qué opinas de este? —preguntó ella, sacando un vestido de un verde esmeralda con detalles en encaje. La tela parecía ligera, y el diseño, aunque bonito, me hacía sentir un poco insegura.
— Es lindo pero no creo que sea lo que busco —dije, no tan convencida, mientras pasaba los dedos por el encaje delicado. La tela era suave, casi como una caricia, y por un momento me imaginé caminando con él puesto, pero algo no terminaba de encajar.
— Muy bien entonces, porque no elijo algunos vestidos y usted se los prueba —dijo la dependienta con una sonrisa amable, extendiendo la mano para tomar el verde esmeralda que aún sostenía.
Asentí con una sonrisa tímida, feliz de que alguien más tomara el mando por un momento.
Otra dependienta, igual de elegante que la primera, nos guió a un probador privado. El lugar parecía sacado de una película: alfombra suave, espejos enormes con luces cálidas, y un perchero lleno de vestidos que parecían gritar "lujo" desde lejos. Frente al probador había un sofá gris de esos que te invitan a hundirte, y ahí se sentó Fernando, como si estuviera en una reunión importante y no en una tienda rodeado de encaje y lentejuelas.
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Propuesta Laboral ©
RomansaTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
