Capítulo 33

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Volvimos a la mesa en silencio. Al menos, él en silencio. Yo me dediqué a fingir que todo estaba perfectamente bien, sonriendo cuando alguien me miraba, acomodando la servilleta con una delicadeza innecesaria, y evitando por todos los medios cruzar la mirada con Fernando.

El maestro de ceremonias ya estaba en el escenario, saludando al público con ese entusiasmo forzado que usan todos los presentadores en este tipo de eventos. Las luces bajaron un poco, enfocando la tarima central, y el murmullo de las conversaciones se fue apagando hasta convertirse en un susurro discreto de fondo.

Fernando y yo nos sentamos uno al lado del otro, con una distancia prudente. Ni demasiado lejos como para parecer fríos, ni tan cerca como para que alguien pensara que todo estaba en orden. El equilibrio perfecto entre lo incómodo y lo correcto.

—Damos inicio a la subasta —anunció el presentador—. Recuerden que todo lo recaudado será destinado a los programas infantiles del hospital.

La primera pieza apareció en pantalla: una botella de vino francés, aparentemente exclusiva y con una historia que el presentador intentaba hacer más emocionante de lo que realmente era. Las ofertas empezaron a escucharse, una tras otra, con ese tono seguro y elegante que solo la gente rica puede darse el lujo de usar cuando está gastando dinero por diversión.

Yo solo miraba al frente, en silencio, sintiendo la tensión colgando entre nosotros como una cuerda estirada al límite. No dije nada. Fernando tampoco. Pero ambos sabíamos que ese silencio no era neutro. Era el tipo de silencio que pesa. El que deja preguntas flotando entre los dos, sin que nadie se atreva a tocarlas.

Y ahí estábamos. Jugando a ser lo que no éramos. Otra vez.

La subasta continuaba, cada pieza presentada con entusiasmo exagerado por el presentador. Algunas obras de arte, una cena con un chef reconocido, una estadía en algún lugar costoso con nombre impronunciable... cosas que claramente estaban fuera de mi realidad habitual, pero que aquí parecían tan normales como pedir un café.

Entonces apareció algo que captó la atención de todos: un fin de semana en un viñedo privado en el sur de Francia, con alojamiento en una casa de campo restaurada, catas guiadas y un chef personal incluido.

—Una experiencia romántica e inolvidable —dijo el presentador, con una sonrisa que rozaba lo ridículo.

Yo rodé los ojos con disimulo. ¿Romántica? Justo lo que me faltaba.

—Mil euros —dijo una voz clara, femenina, y reconocí de inmediato a Laura, la madre de Fernando.

Alcé un poco la vista, sorprendida. Fernando también se giró hacia ellos, aunque sin decir nada.

—Mil doscientos —siguió otra voz. El juego de ofertas comenzó a subir entre un par de personas interesadas, pero Laura y Andrés se mantenían firmes. Finalmente, tras unos minutos de competencia amistosa, el presentador anunció con entusiasmo:

—¡Y se la lleva la familia Woodley, por mil ochocientos euros!

Hubo aplausos suaves, como los que se dan en este tipo de eventos, y yo ya estaba girando de nuevo hacia el escenario cuando sentí la mano de Laura sobre la mía.

—Es para ustedes —dijo, sonriendo con esa calidez que a veces me desarmaba—. Pensamos que les vendría bien una escapada romántica. Han estado tan ocupados con todo últimamente, y se nota que están muy enamorados. Les hará bien desconectar.

Tragué saliva.

Fernando se quedó en silencio, pero asintió con una leve sonrisa educada. Yo, por supuesto, hice lo mismo.

—Muchísimas gracias, de verdad —dije, fingiendo sorpresa y emoción como si me hubieran regalado el viaje de mis sueños. Lo que, en otras circunstancias, tal vez habría sido.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora