Capítulo 42

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Esperé. Diez minutos. Luego cinco más. Intenté enfocarme en los informes, en mis pendientes, en cualquier cosa que no fuera imaginar qué demonios hacía Caroline Ashford encerrada con Fernando en su oficina un lunes por la mañana.

Pero no pude.

Mi mente era un desastre. La taza de café, que hace un rato me pareció salvadora, ahora temblaba entre mis dedos como si reflejara la ansiedad que me hervía por dentro. Tenía que saber. Tenía que ver. Porque, aunque no debía, aunque no me correspondía, me importaba.

Tomé los informes ya revisados de la última reunión y los apilé con cuidado, más como excusa que como necesidad. Me puse de pie, respiré hondo y me dirigí directo a la oficina de Fernando, mis tacones marcando un ritmo seguro aunque mis pensamientos fueran todo menos estables.

Toqué dos veces con los nudillos, sin esperar respuesta.

—Tengo los informes que pidió —anuncié, fingiendo la naturalidad que no sentía.

Giré el picaporte y abrí.

Y ahí estaban.

Fernando sentado tras su escritorio, la chaqueta del traje colgada en el respaldo de su silla, la mirada seria pero relajada. Caroline, justo frente a él, de pie. Su blazer claro colgaba abierto y su blusa perfectamente planchada parecía sacada de una portada de revista. No estaba sentada. No se veía incómoda. Se veía... instalada. Como si fuera habitual verla ahí.

Ambos levantaron la vista al mismo tiempo. Pero mientras Fernando enarcaba apenas una ceja, Caroline sonrió. Con esa sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Sofía —dijo ella, como si no estuviera irrumpiendo en una conversación privada, como si me esperara—. Justo hablábamos de ti.

Mi estómago dio un giro.

—¿Sí? —dije, entrando y dejando con cuidado los informes sobre el escritorio—. Espero que fueran cosas buenas.

Caroline soltó una pequeña risa.

—Siempre lo son —respondió Caroline, lanzándole una mirada a Fernando como si compartieran un secreto que yo no conocía—. ¿No es así?

Él no respondió de inmediato. Solo entrelazó los dedos sobre el escritorio y me miró en silencio por un segundo demasiado largo.

—Gracias por los informes, Sofía —dijo finalmente, con ese tono suyo, profesional y medido, como si nada estuviera fuera de lugar.

Perfecto. Silencio y formalidades. Como si yo fuera una extra en mi propia historia.

Enderecé la espalda, sin perder la compostura. No iba a retroceder.

—De nada, amor —dije, dejando caer las palabras como si fueran naturales, como si las dijera todos los días—. Sé que estás ocupado, pero quería asegurarme de que los informes estuvieran justo como los pediste.

Vi cómo los ojos de Caroline se entrecerraban apenas. Sutil. Pero lo vi. Y me bastó.

Fernando asintió, sin dejar de mirarme.

—Perfectos, como siempre —respondió.

Me giré hacia Caroline con una sonrisa suave, esa que no mostraba dientes pero que dejaba clara mi posición.

—¿Te gustaría algo de tomar, Caroline? ¿Un café tal vez? Ya sabes, a veces las reuniones con mi esposo pueden alargarse —solté con voz amable, cargada de dulzura envenenada.

Ella me sostuvo la mirada, todavía con esa expresión impasible que usaba como escudo, pero ya no se veía tan tranquila. Como si no se esperara que yo jugara su mismo juego.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora