Miré la pantalla por unos segundos más, como si el nombre fuera a desaparecer por arte de magia. Fernando Woodley. Ni siquiera "Fernando", así nomás, no. Nombre completo, como si mi celular supiera que tenía que recordarme lo formal y jodidamente complicado que era todo con él.
—¿Es en serio? —murmuré, frunciendo el ceño.
No respondí. La verdad, ya estaba lo suficientemente borracha como para no tener energías de lidiar con mi jefe —falso esposo, fuente de mis traumas emocionales, razón por la que mi terapeuta algún día se hará millonaria— un sábado por la noche.
Además, llamadas laborales se responden en horario laboral. Que no se diga que no tengo límites profesionales.
Así que con toda la elegancia que el ron barato y los mojitos me permitían, presioné el botón rojo y luego bloqueé la pantalla. Hasta le susurré un dramático:
—Buenas noches, jefe... a dormir.
Guardé el celular de nuevo en mi bolso, me di media vuelta y volví a perderme entre la multitud como si no acabara de mandar a volar al mismísimo Fernando Woodley. La música seguía, la noche apenas iba por la mitad, y yo... bueno, yo no estaba para dramas. Estaba para bailar.
Seguimos bailando por un par de horas más, hasta que mis pies empezaron a quejarse con cada paso. Lisa y yo nos turnábamos para ir por agua o algún trago más —porque a esas alturas, el equilibrio era más un acto de fe que de coordinación—. En algún momento, alguien pidió "Gasolina" y todo el lugar se vino abajo. Lo dimos todo, como si fuera 2005 y tuviéramos quince años de nuevo.
A veces bailábamos solas, a veces con algún grupo, y en medio de eso yo volví a toparme con el chico guapo. Me sonrió como si nos conociéramos de hace años y me tomó de la mano para otro baile. No dije que no. Total, la noche ya era una película rara y divertida, y yo no iba a ser la protagonista que se sentaba en una esquina a revisar notificaciones.
Pero eventualmente, la adrenalina empezó a diluirse. Lisa y yo nos encontramos cerca de la barra, sudadas, despeinadas y con los zapatos en la mano. Castiel apareció como un héroe dramático, con las llaves del carro en una mano y un Red Bull en la otra.
—¿Ya se cansaron de ser estrellas de reguetón? —preguntó, medio en burla, mientras nos guiaba hacia la salida.
—Mis rodillas se jubilaron hace tres canciones —murmuró Lisa, colgándose de su brazo.
Yo solo asentí, apoyándome en su otro lado mientras intentaba no tropezar con la alfombra de la entrada.
El aire frío de la madrugada me pegó en la cara como un balde de agua. Fue refrescante y, por un segundo, me hizo consciente de lo ebria que estaba. Pero también de lo bien que me la había pasado. Sin drama, sin complicaciones, sin pensar en lo que se suponía que debía hacer.
El camino de vuelta fue un caos de risas tontas, canciones mal cantadas y Castiel rogando porque no vomitáramos en su auto. Lisa juraba que tenía hambre, aunque había comido sushi y palomitas como si fuera un oso en hibernación.
Cuando finalmente llegamos al apartamento, nos despedimos de Castiel con un aplauso sarcástico por habernos tolerado, y entramos tambaleándonos, directas al sofá.
—Mañana vamos a morir —murmuró Lisa, tirándose de cara sobre los cojines.
—Lo sé —dije entre risas, soltando los zapatos al suelo—. Pero hoy... hoy valió la pena.
Y sí. Lo había hecho.
Desperté con la boca más seca que chisme viejo y el sonido de alguien tocando la puerta como si quisiera derribarla.
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Propuesta Laboral ©
RomanceTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
