No habían pasado ni cinco minutos desde que recibimos a la tía Luisa cuando llegó el siguiente golpe: el primo Mario, con su eterna gorra de béisbol, su novia nueva y una hielera gigante que parecía sacada de un campamento.
—¡Traje cervezas! —gritó desde la entrada, como si fuera un héroe nacional—. Y gaseosas, por si hay niños o abstemios.
—Hola, Mario... —dije, tratando de no parecer abrumada—. ¿Todo bien?
—¡Todo excelente! —respondió, entrando como si fuera su casa—. ¿Dónde pongo esto?
Fernando apareció detrás de mí con una sonrisa diplomática, esa que ya empezaba a perfeccionar como escudo familiar. Mario lo miró de arriba abajo y luego alzó las cejas.
—¿Y tú eres el famoso Fernando?
Fernando extendió la mano, manteniendo la sonrisa diplomática.
—El mismo. Encantado.
—Mmm... tienes cara de tipo serio. ¿Tú ves fútbol?
—A veces.
—Eso se puede arreglar —dijo, dándole una palmada en la espalda—. Luego te enseño los videos del último torneo familiar. Te vas a reír, aunque nos lo tomamos bastante en serio. Hasta hicimos uniformes.
—Suena... intenso —respondió Fernando, con esa cara que ponía cuando no sabía si reírse o salir corriendo.
—Ya verás. Igual espérate a conocer a los demás... si es que llegan. Ahí empieza lo bueno.
—Qué alentador —murmuré.
Mario levantó su hielera con una mano y desapareció rumbo al patio, diciendo algo sobre "agarrar buen lugar antes de que lleguen los que se creen DJs".
Fernando me lanzó una mirada cómplice.
—¿Ese era uno tranquilo?
—Comparado con lo que falta, sí.
—Genial.
Después de un montón de presentaciones más —con besos en la mejilla, apretones de mano, miradas curiosas y comentarios del tipo "así que tú eres el famoso Fernando"—, gran parte de la familia ya estaba reunida en el patio. El bullicio subía como espuma: risas por un lado, niños gritando por otro, y mi abuela gritándole a alguien que no se robara las croquetas antes de tiempo.
Fernando se mantenía firme, aunque ya lo había visto echar alguna que otra mirada disimulada hacia la puerta, como si calculase en qué momento sería socialmente aceptable pedir una pausa. Pero lo estaba manejando sorprendentemente bien.
Mi madre, en cambio, estaba en su elemento. Iba de grupo en grupo, tomando a Fernando del brazo y exhibiéndolo como si fuera el trofeo de una rifa familiar que ella había ganado.
—¡Y él es Fernando, el esposo de Sofía! —decía con una sonrisa orgullosa—. ¡Muy trabajador, muy educado, y habla varios idiomas! ¿Verdad que sí, Fernando?
Él solo asentía, con esa mezcla de cortesía y resignación que ya dominaba con naturalidad.
—Además, es inglés. Pero no de los estirados, ¿eh? Muy simpático.
—¿Y tú qué haces? —preguntaba alguna tía con tono inquisitivo.
—Trabajo en dirección empresarial —decía él con calma.
—¡Ay, pero eso suena importante! —decía la otra, como si acabara de enterarse de que habíamos traído a un ministro extranjero en vez de a mi esposo.
—Y además cocina —agregó mi madre, como si eso sellara definitivamente el trato—. ¿Verdad, Sofía?
—Bueno... sí, cuando tiene tiempo —respondí, con una sonrisa apretada. Porque una cosa era que lo presentara, y otra que lo vendiera como el combo completo de esposo perfecto versión deluxe.
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Propuesta Laboral ©
RomantikTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
