Capítulo 39

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El ascensor se abrió con un suave ding y respiré hondo antes de dar un paso hacia el piso de la empresa. Tal vez exageraba, pero sentía que estaba entrando a la boca del lobo. Aunque, claro, un lobo perfectamente peinado, con traje a la medida y olor a colonia cara.

Todo estaba igual. Las mismas paredes blancas inmaculadas, las mismas plantas decorativas sin una hoja fuera de lugar, y ese silencio elegante que siempre parecía darme la bienvenida con un juicio silencioso.

Caminé con paso firme hasta mi escritorio, saludando a algunos compañeros con una sonrisa ligera y una taza de café en mano como escudo. Me senté, abrí el computador... y traté de concentrarme en cualquier cosa que no fuera el hecho de que Fernando aún no había llegado.

A las 9:08 a. m., el sonido de su puerta al cerrarse anunció su llegada.

No lo vi, pero no tenía que hacerlo. Su presencia tenía esa habilidad extraña de sentirse incluso cuando estaba al otro lado del piso.

Tomé aire y fingí que todo era normal. Correos, informes, pendientes... check. Diez minutos después, sonó mi interno.

—Señorita Evans, ¿puede venir a mi oficina un momento?

Claro.

Me puse de pie, asegurándome de mantener la compostura mientras caminaba hasta su puerta.

Golpeé suavemente antes de entrar.

—Buenos días —dije, cerrando tras de mí.

Fernando estaba sentado en su escritorio, perfectamente compuesto como siempre. Sus ojos se levantaron de la pantalla para encontrarse con los míos.

—Buenos días —respondió, con un leve gesto hacia la silla frente a él—. Siéntate, por favor.

Obedecí, algo tensa todavía. Me esperaba cualquier cosa, pero su expresión era neutra, profesional.

—Te llamé para informarte que esta semana recibiremos la visita de algunos ejecutivos de Londres. Personas clave para el próximo trimestre —empezó sin rodeos—. Quiero que tú te encargues de coordinar la reunión principal. Será este viernes a las once.

Parpadeé, un poco sorprendida.

—¿Yo?

—Confío en tu capacidad —respondió sin vacilar—. Ya te enviaré los nombres de los asistentes y lo que se necesita preparar. Quiero una presentación impecable, tanto en logística como en imagen.

Asentí, tomando nota mental de todo. Ok, reunión importante. Gente importante. Posible catástrofe si algo salía mal.

—¿Algo más?

—Por ahora no. Te enviaré los detalles en los próximos minutos. Gracias, señorita Evans.

Me puse de pie, un poco más aliviada de lo que quería admitir. No hubo preguntas incómodas. Ni indirectas. Ni reclamos. Solo trabajo.

Y sin embargo... algo dentro de mí no sabía si eso me tranquilizaba o me incomodaba más.

Salí de su oficina con paso firme y me senté frente a mi computador.

De vuelta al modo profesional.
De vuelta al contrato.
De vuelta a fingir que no pasa nada.

El resto del lunes transcurrió entre correos, llamadas y listas interminables.

El archivo que me envió Fernando tenía detalles de horarios, nombres que sonaban a poder —de esos que uno pronuncia con cuidado— y especificaciones que iban desde el tipo de café que preferían hasta qué color de carpeta debía tener cada presentación. Azul marino. Por alguna razón, todo tenía que ser azul marino.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora