El camino de regreso al hotel fue distinto esta vez. No solo porque ahora era Fernando quien conducía —sin chofer, sin intermediarios—, sino porque el silencio entre nosotros tenía otro peso. Más cómodo. Más íntimo.
La ciudad pasaba junto a nosotros como una película lenta: faroles encendidos, gente caminando sin prisa, ventanas iluminadas que parecían guardar historias que no nos correspondían. Yo tenía el rostro apoyado contra la ventanilla, observando sin ver realmente, mientras la música suave del auto llenaba los espacios vacíos con acordes tranquilos.
Fernando tenía una mano en el volante y la otra descansando sobre su pierna. Manejaba con la misma serenidad con la que hablaba cuando no necesitaba impresionar a nadie. Y sin embargo, yo no podía dejar de pensar en lo que acabábamos de vivir.
Mis padres. Mi casa. Mi historia. Todo eso había estado sobre la mesa durante unas horas, y Fernando lo había tomado con una calma que, francamente, no me esperaba.
Me giré un poco hacia él, todavía con la vista fija en el parabrisas.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Claro —dijo sin apartar los ojos del camino.
—¿Qué impresión te dio mi familia?
Tardó un par de segundos en responder. No porque no supiera qué decir, sino porque, como todo lo que hacía últimamente, se tomaba el tiempo de elegir bien sus palabras.
—Honesta —dijo al fin—. Tu familia me pareció eso: muy honesta. Directos, sí, pero con buenas intenciones. Tu mamá es encantadora... y tu papá impone, pero de una forma que respeto.
Sonrí sin querer. —Eso es exactamente como los describiría yo también.
Fernando giró apenas la cabeza hacia mí, con una media sonrisa.
—Aunque debo confesar algo: pensé que sería más incómodo. Que iba a sentirme como un intruso.
—¿Y no te sentiste así?
Soltó el aire con lentitud, sopesando su respuesta.
—Al principio, un poco —admitió—. Pero después... no. Fue raro. Como si encajara. No de forma perfecta, pero lo suficiente como para no querer salir corriendo.
Guardé silencio, con la vista puesta en las luces que se deslizaban por la ventana. Esa frase —"como para no querer salir corriendo"— se quedó rebotando en mi mente más de lo que esperaba.
—Mi mamá te adoró —dije, buscando aligerar el momento.
—Me di cuenta —respondió con una sonrisa casi imperceptible — Y eso me asustó un poco.
—¿Por qué? ¿Demasiado afecto?
—Porque ahora tengo que mantener ese estándar.
Reí suavemente.
Nos quedamos en silencio unos segundos. La ciudad seguía deslizándose a nuestro alrededor, cada vez más tranquila. Yo, sin embargo, tenía una pregunta que no me había atrevido a hacer hasta ahora.
—¿Puedo preguntarte algo más?
—Por supuesto.
—¿Por qué decidiste quedarte más días?
No hubo pausa ni evasiva. Fernando simplemente exhaló, como si hubiese estado esperando que se lo preguntara.
—Porque realmente los asuntos pendientes de la empresa ya están prácticamente resueltos — dijo —. Nada urgente. Todo quedó encaminado mientras estábamos en Brighton.
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Propuesta Laboral ©
RomanceTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
