Capítulo 48

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Mi madre nos esperaba en su casa con una libreta en la mano y una sonrisa que era sospechosamente entusiasta. Apenas cruzamos la puerta, nos miró como quien está a punto de dar un discurso importante.

—¡Perfecto! Llegaron justo a tiempo —dijo, como si hubiera estado cronometrando nuestra llegada.

Fernando le sonrió con amabilidad, pero yo lo noté. Esa expresión suya de: "esto va a estar interesante". Le di un codazo suave en las costillas, solo para advertirle que no se burlara. Al menos no tanto.

—Espero que hayan desayunado bien, porque tenemos un día completito —anunció mi madre, hojeando su libreta como si fuera una agenda presidencial.

—Sólo si el tour incluye una parada para café cada hora —bromeó Fernando.

Mi madre lo miró, alzando una ceja.

—Puedo considerarlo. Pero entonces vamos a tener que reducir el tiempo en la tienda de cerámica.

—No, no, todo menos la cerámica —dije, exagerando una mueca de drama.

Fernando se río bajito, y por un segundo, fue como si el día prometiera algo más que solo una visita guiada por los rincones de mi infancia.

El plan de mi madre era ambicioso: visitar el mercado donde compraba las verduras, pasar por la plaza donde me tomaba fotos vestida de abeja en la primaria, y detenernos en al menos tres tiendas "que me hacían feliz de niña". Todo muy nostálgico, todo muy mamá.

—No sé si esto es un tour o una expedición emocional —murmuré mientras caminábamos por la calle, el sol pegándonos suave en la cara.

Fernando solo me guiñó un ojo.

—Estoy listo para lo que sea.

Y por alguna razón, yo también sentía que estaba lista. Lista para revivir mi pasado, pero también para ver qué parte de ese pasado podía compartir con él. Aunque fuera solo por unos días más.

O al menos eso me repetía mientras entrábamos a la primera parada del tour: la famosa tienda de cerámica. Donde, según mi madre, había aprendido a valorar "las cosas bien hechas".

Fernando tomó una taza de colores vivos y la observó como si fuera una obra de arte.

—Esto tiene futuro en mi oficina —comentó, girándola entre sus dedos.

Mi madre, feliz, ya estaba hablando con la dueña de la tienda sobre descuentos para "clientes fieles". Y yo, en medio de los dos, no sabía si reír o grabar mentalmente ese momento para siempre.

Lo cierto es que algo estaba cambiando. Tal vez no entre Fernando y yo directamente, pero en cómo me sentía a su lado. Más tranquila. Más yo.

Y eso, en medio de tazas pintadas a mano y anécdotas de infancia, ya era bastante.

Después de la tienda, seguimos caminando por esas callecitas con nombres que siempre me parecieron demasiado largos y poéticos. Mi mamá insistió en llevarnos a una librería pequeña que, según ella, "tiene el olor exacto a infancia feliz". No supe si eso era una exageración o una metáfora, pero al entrar, entendí a qué se refería.

El lugar era acogedor, con estanterías de madera gastadas y sillas que no combinaban entre sí. Fernando caminaba curioso, pasando los dedos por los lomos de los libros, mientras mi madre y yo hojeábamos un álbum de arte absurdo sobre vacas pintadas en estilo barroco. No preguntes.

—Este libro me representa —bromeó Fernando, sosteniendo un manual de "Cómo sobrevivir a la vida adulta sin perder la paciencia".

Nos reímos.
Sí. Así, sin drama, sin tensión. Solo risas suaves en una librería olvidada del ruido.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora