Capítulo 25

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El centro comercial estaba lleno de vida, con gente yendo y viniendo de un lado a otro, bolsas en mano y conversaciones animadas. Valentina y yo caminábamos sin prisa, deteniéndonos en cada tienda que llamaba su atención. Yo solo miraba, pero ella ya había comprado al menos tres bolsas en la primera hora.

—Necesitas probarte esto —dijo Valentina, sosteniendo un vestido contra mi cuerpo como si ya estuviera viéndome usarlo—. Te verías increíble.

—No necesito más ropa —reí, empujando suavemente su mano.

—No se trata de necesidad, Sofía. Se trata de verte espectacular y sentirte bien —insistió ella, colgando el vestido en mi brazo.

Antes de que pudiera seguir argumentando, mi teléfono vibró en mi bolso. Lo saqué y vi el nombre de Fernando en la pantalla. Respondí de inmediato.

—¿Dónde estás? —preguntó él con su tono directo de siempre.

—De compras con Valentina. ¿Por qué? —contesté mientras la veía tomar otra blusa.

—Quiero almorzar contigo. ¿Tienes tiempo o prefieres seguir de compras? —su voz era tranquila, pero con ese toque de autoridad que siempre tenía cuando hablaba.

Miré a Valentina, quien ya estaba escuchando la conversación con una ceja levantada. Antes de que pudiera decirle algo, ella sonrió y dijo:

—Ve, yo ya prometí almorzar con mamá, así que igual iba a irme a casa.

—¿Segura? —pregunté, aunque ella ya estaba asintiendo y guardando sus compras.

—Totalmente. Te dejo libre —dijo en tono juguetón.

Volví a ponerme el teléfono en la oreja. —Está bien, podemos almorzar juntos.

—Paso por ti en veinte minutos —dijo, sin esperar más confirmación, y colgó.

Suspiré y guardé el teléfono, mirando a Valentina, quien me observaba con una sonrisa divertida.

—¿Qué? —pregunté.

—Nada, nada... —Me guiñó un ojo antes de tomar sus bolsas—. Nos vemos en casa.

Salí del centro comercial y esperé unos minutos antes de ver el coche de Fernando estacionarse cerca. Me acerqué y entré, ajustándome en el asiento mientras él arrancaba sin decir nada por unos segundos.

—¿Cómo estuvo tu mañana? —preguntó finalmente, mirándome de reojo.

—Tranquila, Valentina casi me obliga a renovar mi armario completo —bromeé, a lo que él sonrió apenas.

—Parece algo típico de ella —murmuró antes de concentrarse en la carretera—. Pensé que después de comer podríamos hacer algo más.

—¿Como qué? —pregunté, arqueando una ceja.

—Escoger nuestros anillos —dijo sin rodeos.

Mi estómago dio un pequeño vuelco, aunque intenté disimularlo.

—Oh... claro. Supongo que es lo lógico.

—Sí, considerando que los esposos suelen usar anillos de casados —comentó con una leve sonrisa.

Suspiré y asentí. —Está bien, después de comer podemos hacerlo.

Él no respondió, pero por el rabillo del ojo noté que su sonrisa se había hecho un poco más grande

Llegamos a un restaurante tranquilo, con un ambiente acogedor y mesas junto a las ventanas que dejaban entrar la luz del mediodía. Fernando pidió una mesa para dos, y el anfitrión nos llevó a una cerca de la ventana con vista a la calle.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora