Capítulo 31

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Desperté con la luz colándose entre las cortinas y una sensación rara de calma. Estaba cálido bajo las cobijas, y por un momento no recordé dónde estaba. Luego sentí su respiración tranquila a mi lado, y todo volvió. Brighton. La casa de los padres de Fernando. La gala.

Él aún dormía, o al menos lo intentaba, con una mano descansando cerca de la mía. Lo observé un segundo, con esa cara seria que tiene hasta dormido, y me reí por dentro. Parecía tan... diferente. Nada que ver con el tipo del contrato lleno de condiciones.

Me estiré un poco, tratando de salir sin despertarlo, pero claro, justo cuando creía haber logrado una huida sigilosa, escuché su voz ronca detrás de mí.

—¿Ya te vas?

—Voy a buscar café —le dije, dándome la vuelta con una sonrisa.

—Tráeme uno —murmuró, medio tapándose con la almohada.

—Sí, señor —respondí burlona, y salí al pasillo, todavía con el cabello hecho un desastre.

El resto de la mañana pasó sin grandes eventos. Desayunamos todos juntos, conversamos sobre la gala de esa noche, y por un rato me sentí parte de una familia. Una familia muy elegante, sí, pero familia al fin y al cabo.

Todo estaba tranquilo hasta que, casi al mediodía, apareció Isabella con una maleta, saludando a todos como si llegara a una pijamada.

—¡Estoy lista para transformarnos! —anunció, mirando a Valentina.

Las dos se abrazaron como si no se hubieran visto en años, aunque claramente hablaban todos los días por videollamada.

Laura, con su eterna sonrisa amable, me miró desde la entrada de la cocina.

—¿Tú también te vas a arreglar con ellas?

Negué enseguida, sin pensarlo mucho.

—No, gracias. Ya tengo pensado cómo lo haré... a mi manera.

Ella asintió, sin insistir. Supongo que ya se había dado cuenta de que yo funcionaba un poco diferente.

El resto del día se me pasó entre la nada y los nervios. Almorcé con la familia, ayudé a recoger un poco, y luego me refugié en la habitación con la excusa perfecta: tenía que comenzar a arreglarme. La gala era a las siete, y si algo había aprendido en eventos formales, es que maquillarse con calma y buena música marcaba la diferencia.

A eso de las cuatro, conecté una videollamada con la única persona que sabía absolutamente todo: Lisa. Mi mejor amiga. Mi cómplice. La que ha estado pendiente de cada mínimo detalle desde el primer día.

—¡Sofi! —gritó apenas respondió—. ¡No puedo creer que ya sea hoy! ¡Ya! ¡Esta noche!

—Estoy que me muero, Liss —le dije con el celular en la mano y la cara lavada—. Necesito tu ayuda, ahora más que nunca.

—Tranquila, reina. Hoy vamos a brillar. Muéstrame todo ya, que no doy más de la ansiedad.

Le giré la cámara y le mostré el vestido colgado.

—¿Qué opinas?

—¡Ay no, no! ¡Eso no se pregunta! ¡Sofía Evans, vas a matar a alguien con ese vestido! Está... ¡perfecto!

Me reí, sintiéndome más segura, como si solo necesitara su aprobación para no dudar de mí misma.

—Y eso que no has visto los tacones.

—¡Enséñame todo! ¡Ahora mismo!

Pasamos la siguiente hora hablando, eligiendo sombras, debatiendo entre labios nude o rojos, y riéndonos como siempre lo hacíamos. Lisa gritaba emocionada cada vez que me probaba algo, y aunque estábamos a miles de kilómetros, la sentí tan cerca como si estuviera sentada en la cama frente a mí.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora