Capítulo 54

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La primera sensación que tuve al despertar fue una extraña tranquilidad, pero me duró muy poco. Justo cuando mi cerebro terminó de espabilarse, el recuerdo del beso me golpeó de frente y me hizo abrir los ojos de golpe. Me quedé mirando el techo durante unos segundos, intentando procesar lo que había pasado. No había sido un sueño ni mi imaginación; Fernando y yo nos habíamos besado, y no había sido precisamente un beso accidental. Me cubrí el rostro con ambas manos y solté un pequeño gemido de vergüenza.

— Perfecto, Sofía. Perfecto — murmuré para mí misma.

Giré la cabeza hacia el otro lado de la cama, pero las sábanas estaban desacomodadas y él ya no estaba. Me incorporé despacio, pero la habitación permanecía en un completo silencio. Una parte de mí sintió alivio por no tener que cruzar miradas de inmediato, pero la otra... guardaba una pequeña decepción que decidí ignorar inmediatamente.

Me levanté de la cama y fui al baño para asearme. El agua fría ayudó un poco a despejar mis pensamientos, aunque no hizo milagros. Cada vez que cerraba los ojos veía el momento exacto en que Fernando había acercado su rostro al mío y la forma en que yo le había correspondido. Me señalé frente al espejo, intentando ponerme firme.

— No voy a pensar en eso. No. Voy. A pensar. En eso.

Por supuesto, dos segundos después ya estaba pensando en eso otra vez. Terminé de arreglarme y elegí un conjunto cómodo para pasar la mañana en casa de la abuela: un suéter ligero, unos jeans y el cabello recogido en una coleta sencilla. Cuando consideré que ya estaba lo suficientemente presentable para enfrentar el mundo, y también para enfrentar a Fernando, salí de la habitación.

Recorrí el pasillo y la sala, pero Fernando no aparecía por ninguna parte. Probablemente ya estaba desayunando, o trabajando, o quizá escondiéndose de mí igual que yo me habría escondido de él. La idea casi me hizo reír.

Decidí bajar, pero apenas llegué al descanso de la escalera escuché pasos acercándose desde la planta baja. Levanté la vista y ahí estaba. Fernando subía las escaleras con ropa deportiva negra: una camiseta ajustada, pantalones deportivos y el cabello ligeramente húmedo por el sudor. Claramente acababa de salir a correr.

Cuando nuestras miradas se encontraron, ambos nos detuvimos un segundo.

—Buenos días.

—¿Ya desayunaste?

Las dos frases salieron exactamente al mismo tiempo. Los dos nos quedamos callados y después soltamos una pequeña risa nerviosa.

—No —respondimos nuevamente al mismo tiempo, y la risa esta vez fue inevitable.

—Bueno... —dije acomodándome un mechón detrás de la oreja—. Supongo que eso responde ambas preguntas.

—Supongo que sí —contestó él. Por un instante ninguno supo qué decir, algo que, tratándose de Fernando Woodley, resultaba bastante extraño.

—Voy a darme una ducha rápida —dijo finalmente—. Acabo de llegar.

Asentí demasiado rápido. —Claro.

—Entonces...

—Entonces...

Volvimos a hablar al mismo tiempo. Fernando cerró los ojos durante un segundo y negó con la cabeza, mientras yo me moría de la vergüenza.

—Te espero abajo para desayunar —dije finalmente.

—Perfecto.

—Perfecto —repetí otra vez, y los dos volvimos a reír. Una risa pequeña, cómoda y peligrosamente natural. Por primera vez desde el beso, la tensión parecía transformarse en algo distinto y mucho más difícil de ignorar.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora