El momento de la despedida llegó mucho más rápido de lo que hubiera querido. La tranquilidad del desayuno se transformó en el movimiento típico de una familia que intenta asegurarse de que no olvides nada antes de subir a un avión.
Para cuando terminamos de bajar las maletas a la entrada de la casa de la abuela Carmen, mi papá ya había llegado y Olivia por fin se había liberado de sus pendientes en el hospital. La sala se sentía llena, ruidosa y cálida, el escenario perfecto para decir adiós.
—Por favor, me avisas en cuanto aterricen en Colombia para quedarme tranquila, Sofí —me pidió mi mamá por tercera vez, acomodándome el cuello de la chamarra como si todavía fuera una niña pequeña—. Y abrígate bien, que el cambio de clima a veces pega fuerte.
—Sí, ma, te prometo que te escribo en cuanto toquemos tierra —le contesté, devolviéndole el abrazo con fuerza y aspirando su perfume, sabiendo que pasaría un buen tiempo antes de volver a verla.
Mi papá se acercó a Fernando, extendiéndole la mano con firmeza y dándole unas palmadas en la espalda con ese respeto que se habían ganado mutuamente durante el fin de semana.
—Buen viaje, Fernando. Gracias por acompañar a mi hija y por estar al pendiente de ella —le dijo mi papá con voz seria pero amable.
—Al contrario, gracias a ustedes por recibirme. Tienen una familia increíble —respondió Fernando, sosteniéndole la mirada con total seguridad.
Mientras ellos hablaban, Olivia se me acercó para darme un último abrazo, tomándome de los hombros con cariño y una sonrisa suave.
Mientras ellos hablaban, Olivia se me acercó para darme un último abrazo, tomándome de los hombros con cariño y una sonrisa suave.
—Te veo muy contenta para ser alguien que va a encerrarse diez horas en un avión —comentó mi hermana mayor en voz baja, mirándome a los ojos—. Me da mucho gusto verte así de bien, Sofí. Y precisamente por eso, antes de que te vayas, quiero darte una buena noticia.
La miré con curiosidad, notando el brillo de emoción en su rostro.
—¿Qué pasa? ¿Todo bien con el hospital? —pregunté.
—Mejor que bien. ¿Te acuerdas de la llamada urgente de esta mañana? Pues resulta que por fin autorizaron los trámites —me confió Olivia, sin poder ocultar su felicidad—. Logré cambiar mi plaza médica de Suiza a un hospital privado aquí mismo en Madrid. Así que el próximo mes tengo que viajar por mis cosas porque me mudo definitivamente a la ciudad para estar mucho más cerca de la familia.
El corazón me dio un vuelco de la pura alegría. La abracé de nuevo, esta vez con muchísima más fuerza.
—¡No lo puedo creer, Oli! Qué increíble noticia, de verdad —le dije al oído, sintiendo un alivio enorme por ella y por mis papás.
—Sí, estoy feliz —admitió separándose un poco, sosteniéndome las manos—. Así que ya sabes, espero con ansias que en algún momento tú y Fernando puedan venir a visitarnos con más calma. Ahora sí vamos a tener todo el tiempo del mundo para nosotras, para pasarlo juntas y disfrutar en familia sin tantas prisas.
—Te lo prometo, en cuanto nos acomodemos con los pendientes en Medellín, buscaremos el espacio para venir —le aseguré de corazón—. Cuídate mucho en lo que organizas la mudanza, por favor.
Después de los últimos abrazos de la abuela Carmen y las señas de despedida de Emily desde el sillón, Fernando y yo salimos al fin de la casa. El sol de la mañana nos recibió en la calle, disipando un poco el frío. Caminamos hacia el auto que Fernando había alquilado para movernos por Madrid durante estos días; él abrió la cajuela y, con movimientos rápidos y seguros, acomodó las maletas grandes en un par de movimientos.
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Propuesta Laboral ©
RomantikTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
