Capítulo 44

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El sonido del despertador fue suave, pero suficiente para hacerme abrir los ojos de golpe. Me tomó un par de segundos recordar en qué día estaba y por qué sentía esa mezcla extraña entre ansiedad y cansancio acumulado.

Hoy era el día. El día en que me subía a un avión para volar hasta España y contarle a mis padres que me había casado... con mi jefe.

Me senté en la cama lentamente, dejando que la realidad se asentara mientras estiraba los brazos hacia el techo. Afuera, aún era oscuro, y la ciudad apenas comenzaba a despertar. Todo estaba en silencio, incluso Lisa

Caminé descalza hasta la cocina y preparé una taza de café. Necesitaba el ritual. La taza caliente entre las manos, el primer sorbo que quemaba un poco la lengua pero que lograba calmar algo dentro.

Volví a la habitación y me vestí con calma. Sabía exactamente lo que quería ponerme: el conjunto negro cómodo, ideal para las horas que me esperaban sentada en un avión. Me puse la sudadera ancha, los pantalones holgados, las zapatillas blancas de siempre. Auriculares grandes, gafas oscuras, gorra negra. Práctica. Casi invisible.

Me aseguré de que el pasaporte estuviera en su sitio, de que el bolso llevara lo necesario. Tomé mi maleta plateada y bajé en silencio, sin despertar a Lisa, que aún dormía en su habitación.

El cielo tenía ese color entre azul oscuro y lila que anuncia el amanecer, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí como si estuviera cruzando un umbral.

José llegaría en cualquier momento, y cuando lo hiciera, ya no habría más pausas. El viaje comenzaría. Y con él, también lo haría la parte más difícil: mirarle a mis padres a los ojos y explicarles que me había casado con Fernando Woodley... sin haberles contado nada antes.

Suspiré.

—Bueno, allá vamos —murmuré para mí misma, arrastrando mi maleta hacia la puerta mientras el sonido del motor de un coche familiar se aproximaba lentamente desde la calle.

El motor se detuvo justo frente a la puerta, y en el silencio de la mañana, escuché cómo José tocaba suavemente.

—¿Lista, señorita? —su voz siempre tan amable, una de las pocas certezas que me quedaban.

Asentí, aunque sabía que no me escucharía.

Tomé una última mirada al interior del apartamento, a ese pequeño refugio que dejaba atrás por unos días, y respiré hondo.

Salí al porche y, con la maleta rodando tras de mí, me metí en el coche. El asiento se acomodó a mi cuerpo, y el aroma familiar me dio una falsa sensación de calma.

Mientras avanzábamos por las calles que poco a poco despertaban, mi mente repasaba mentalmente qué iba a decirles a mis padres, cómo reaccionarían, y cómo iba a mantener el equilibrio entre la verdad y la mentira que este matrimonio implicaba.

Pero, sobre todo, sabía que no había marcha atrás.

El avión me esperaba, y con él, la nueva etapa que me obligaría a enfrentarme a todo lo que había estado evitando.

El trayecto hasta el aeropuerto fue breve, con José manejando en silencio, como siempre, sin necesidad de palabras. Al llegar, bajé del coche y, con la maleta en mano, crucé la terminal privada donde me esperaba el jet de Fernando.

Al entrar al avión, la atmósfera era fría y elegante. Fernando estaba sentado cerca de la ventanilla, con una expresión seria, revisando unos documentos.

—Listos para despegar —dijo sin levantar la vista, aunque su voz sonaba más suave que de costumbre.

Me acomodé frente a él, sintiendo el peso del silencio que nos envolvía.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora