Capítulo 53

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La noche siguió. La música, el ruido, las copas que se vaciaban y volvían a llenarse. Pero yo ya no estaba tan metida en el ambiente.

Fernando seguía cerca, hablándome al oído de vez en cuando, riéndose con algunos de los amigos de Olivia, y haciendo esos gestos suyos que me tenían medio derretida. Su mano seguía en mi pierna. A ratos se deslizaba un poco más arriba, solo lo justo para hacerme olvidar que había más gente alrededor.

Y aun así, cada tanto, mis ojos terminaban volviendo a la misma mesa.
La de Marco.

No lo miraba directamente. Pero sabía que estaba ahí. Y, lo peor, sabía que él también lo sabía.

—¿Todo bien? —me preguntó Fernando, casi rozando mi oído con los labios.

—Sí —mentí. O no. No sabía muy bien qué estaba sintiendo.

El resto de la noche se fue más o menos igual. Copas, risas, música fuerte. Yo intentaba relajarme, concentrarme en el presente, en Fernando a mi lado, en Olivia bailando como si no tuviera que levantarse jamás temprano. Pero en el fondo, seguía sabiendo que Marco seguía ahí, no muy lejos, como una presencia muda que me rozaba los nervios.

—Ok —dijo Olivia de repente, tambaleando apenas mientras se apoyaba en la mesa—. Yo ya estoy lo suficientemente borracha. Es hora de volver antes de que alguien me grabe bailando y lo suba a TikTok.

Reímos. No porque fuera tan gracioso, sino porque todos teníamos ese punto exacto de alcohol en la sangre que hacía que cualquier cosa sonara más divertida de lo que era.

—¿Nos vamos entonces? —preguntó Fernando, ya levantándose y ayudándome a ponerme de pie.

—Sí, por favor —dije. No estaba borracha, pero sí lo suficiente como para que me empezaran a doler los pies y quisiera quitarme los tacones ahí mismo.

Olivia abrazó a todos sus amigos, dando vueltas, soltando promesas de que los volvería a ver. Mientras tanto, yo eché un último vistazo hacia la mesa de Marco.

Estaba hablando con otro tipo, sonriendo. Pero apenas nuestros ojos se cruzaron, su expresión cambió.

Me giré rápido y salí del lugar, tomada del brazo de Fernando.

No tenía ganas de analizar nada. Solo quería dormir. O por lo menos intentarlo.

El camino de regreso fue tranquilo, al menos dentro del auto. Olivia iba en el asiento trasero, con la cabeza recostada en la ventanilla, tarareando la última canción que sonaba en el club como si fuera su himno personal.

—¿Estás bien? —le pregunté, girándome apenas.

—Estoy perfecta —respondió con la voz pastosa—. Solo necesito una cama, una almohada... y quizá unos chilaquiles en la mañana.

Fernando soltó una risa baja mientras doblaba por la calle de la casa de mis padres. A esa hora ya no quedaban luces encendidas, solo la del porche que seguramente habían dejado para Olivia.

Nos detuvimos frente a la reja y ella se desabrochó el cinturón con lentitud dramática.

—Gracias por llevarme... y por venir. De verdad —nos dijo, mirándome con una sonrisa torcida pero sincera.

—No me lo perdería por nada —contesté.

—Y tú —le dijo a Fernando, señalándolo—. Estás bien. Me agradas. Pero no lo arruines, ¿ok?

Fernando asintió, divertido.

—Tomaré en cuenta tu advertencia.

Ella bajó tambaleándose un poco, nos hizo un gesto de despedida y entró a la casa. Solo cuando vimos que cerró la puerta, arrancamos.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora