Capítulo 41

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Regresé al comedor con la misma calma que una actriz de teatro antes del tercer acto. Nada en mi rostro debía delatar que acababa de tener una conversación con sabor a veneno y terciopelo rojo. Me uní de nuevo a la mesa justo cuando servían el plato fuerte. Fernando alzó la vista al verme y, por un segundo, me pareció notar una leve tensión en su mirada. Como si intuyera que algo había pasado.

—Todo bien? —murmuró cuando me senté junto a él.

—Perfectamente —respondí, y sonreí con esa clase de sonrisa que no llega a los ojos, pero que sirve para mantener la fachada.

El resto de la cena transcurrió sin contratiempos, al menos en lo superficial. Todos parecían encantados con la comida, el vino, y las conversaciones cruzaban de un lado a otro de la mesa como pelotas de tenis en un partido elegante. Fernando intervenía cuando era necesario, con ese tono seguro y medido que lo caracterizaba, y yo jugaba mi papel: la esposa perfecta, encantadora y discreta.

Pero debajo de todo eso, mi mente no paraba de repetir el nombre de Caroline. Su tono. Su amenaza apenas velada. Y lo peor de todo, la semilla de duda que había logrado plantar. Porque si algo sabía hacer Caroline Ashford, era eso: dejarte preguntándote cosas que antes no te atrevías a pensar.

Al terminar la cena, los ejecutivos comenzaron a levantarse poco a poco, agradeciendo la velada y despidiéndose con sonrisas cálidas. Algunos incluso se acercaron a mí para felicitarme, otros para comentar lo bien que se nos veía juntos. "Un matrimonio poderoso" dijo uno. "Un gran equipo", añadió otro.

Y yo solo sonreía, asentía y agradecía. Como una buena actriz. Como la buena esposa que no era.

Cuando por fin salimos del restaurante, la brisa de la noche me despejó un poco. Fernando abrió la puerta del auto para mí y esperó a que me sentara antes de rodear el coche y tomar el volante.

No hablamos de inmediato. Solo hubo silencio mientras nos alejábamos del lugar, con las luces de la ciudad fundiéndose en manchas doradas tras el parabrisas.

—¿Estás cansada? —preguntó Fernando, rompiendo el silencio después de unos minutos, sin apartar la vista del camino.

—Un poco —respondí, sin ganas de mentir—. Pero más mentalmente que físicamente.

—Lo hiciste bien.

—Gracias. Me entrené viendo comedias románticas —bromeé, cruzando las piernas y mirando por la ventana.

Él soltó una leve risa, de esas que no se oyen tanto como se sienten. Pero no dijo nada más.

El auto se llenó de nuevo con ese silencio cómodo, tenso, cargado... lo normal entre nosotros últimamente.

—Lo que dijiste sobre mantener el matrimonio privado... —murmuré, sin mirarlo— ¿Crees que ahora todo el mundo lo sabe?

—Probablemente. Pero no importa.

Me giré hacia él.

—¿No importa? ¿No era ese el punto de todo esto? Mantenerlo discreto, sin mezclarlo con el trabajo.

Fernando apretó un poco el volante, aunque su voz se mantuvo firme.

—A veces las cosas cambian. No podemos controlar cada variable. Lo importante es que supimos manejarlo.

—¿Y qué se supone que hagamos ahora? ¿Dar entrevistas? ¿Enviar tarjetas de Navidad con fotos falsas?

—No exageres, Sofía.

Bufé.

—No estoy exagerando. Solo trato de entender hasta dónde va a llegar esta actuación. Porque cada vez parece más real para todos... menos para mí.

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora