Capítulo 36

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Llegué al apartamento y no sabía si reír o llorar. Abrí la puerta y me recibió ese olor a "hogar vivido", con un fondo suave a incienso barato que seguramente encendió Lisa. Todo seguía más o menos en orden, como si yo no hubiera cruzado medio mundo fingiendo ser la esposa de un hombre que me confunde más que un final alternativo de telenovela.

Mis plantas... bueno, algunas sobrevivieron. Otras no corrieron con tanta suerte, pero al menos el intento estuvo. Las maletas quedaron tiradas en la entrada, porque honestamente, no tengo fuerzas para fingir que tengo energía.

Solté las llaves en el platito de siempre, ese lleno de clips, monedas y un labial que creí perdido desde diciembre. Me dejé caer en el sofá como si estuviera en medio de una escena dramática: sin música de fondo, sin glamour, pero con el alma por el suelo. Sentía que todo a mi alrededor seguía en su sitio, menos yo. Yo era otra. Yo volví siendo otra.

Estaba a punto de dejar que el colapso me tragara cuando me llegó un mensaje de Lisa:

—¿Llegaste entera o te absorbió la alta sociedad y ahora tomas el té a las cinco?

Solté una risita mientras me dejaba caer de espaldas sobre el cojín más grande. Dios, cómo extrañaba esto: mi apartamento, el sarcasmo de Lisa, y no tener que fingir que todo está bien frente a una familia entera.

Le contesté:
—Viva. Despeinada. Con jet lag y muchas preguntas existenciales. ¿Tienes cinco minutos?

Tardó como dos segundos en responder. Supuse que iba a decir que sí, pero me sorprendió con:
—Estoy en el trabajo, pero sí. Escríbeme todo por aquí. Estoy en una reunión donde finjo tomar notas pero en realidad estoy viendo memes.

Reí sola.
—Te amo. Eres lo único estable en mi vida ahora mismo.
—Y tú el reality show más entretenido en medio de este Excel infernal. Suéltalo.

Así que nada, ahí estaba yo, tirada en el sofá, contándole a Lisa un resumen rápido de las últimas 48 horas. Le hablé del viaje de regreso, del silencio incómodo en el auto, de Fernando despidiéndose con esa calma suya que a veces me tranquiliza y otras me desespera. Y de cómo me dejó en la puerta como si nada hubiera pasado. Como si no hubiéramos compartido semanas enteras de miradas, tensiones y todo ese rollo raro que todavía no sé cómo llamar.

—¿Y qué te dijo cuando te dejó?
—Que descansara. Literal. Así, como quien deja a una compañera de trabajo después de una junta.

—¿¿QUE DESCANSES?? Nooo, Sofi. Yo esperaba un "nos vemos pronto" dramático, o mínimo un "me voy a volver loco sin ti". ¿Qué clase de despedida ejecutiva es esa?

Me reí en voz alta.
—Tal vez fue su forma de no decir nada para no decirlo todo.

—O tal vez es su forma de no arriesgarse a sentir. Este tipo no improvisa emociones, Sofi.

Ahí me quedé, con el teléfono en la mano, mirando la pantalla como si Lisa fuera la sabia del universo. Porque, sí, tenía razón: Fernando no es de los que se lanzan sin paracaídas.

Pero yo... bueno, yo ya ni sabía si estaba cayendo o simplemente colgada de una cuerda, esperando a ver dónde me llevaba todo esto.

Me quedé un rato mirando el techo, sin saber muy bien qué responder. Lo que decía Lisa tenía todo el sentido del mundo, pero ¿por qué me incomodaba tanto admitir que tenía razón?

—Ya ni sé si estoy confundida o si solo necesito dormir 12 horas seguidas.

—Ambas. Emocionalmente hecha un lío y físicamente en modo cadáver. Eso pasa cuando finges estar casada con tu jefe sexy durante semanas. ¿Pensabas que ibas a volver fresca como una lechuga?

Propuesta Laboral ©Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora