El sonido del teléfono interrumpió mi tranquilidad nocturna. Miré la pantalla: Fernando Woodley.
Suspiré antes de contestar.
— ¿Sí?
— Tenemos que cambiar los planes —dijo él, sin preámbulos.
Fruncí el ceño y me acomodé en el sofá.
— ¿Qué pasó?
— Mi padre está enfermo. No es grave, pero mis padres no podrán venir. En lugar de eso, nosotros tenemos que ir a Inglaterra.
Mi cerebro tardó un par de segundos en procesar la información.
— Espera... ¿qué?
— Lo que escuchaste. Volamos mañana.
Me quedé en silencio, tratando de entender cómo había pasado de regresar a su casa a subirme a un avión para visitar a su familia.
— Fernando, yo... —dudé, porque ni siquiera sabía qué iba a decir.
— Es necesario —su voz sonó más seria, pero también más cansada de lo normal—. No quiero que mi familia se preocupe más de la cuenta. Y, bueno, como mi esposa, sería extraño que no estuvieras conmigo.
Ahí estaba otra vez. Mi esposa. Dos palabras que nunca terminaban de sonar naturales, por más que lleváramos meses en este acuerdo.
— ¿Cuánto tiempo nos quedaremos? —pregunté, porque si algo había aprendido de esta farsa, era que siempre había que estar preparada.
— No lo sé aún, depende de cómo evolucione mi padre.
Tragué saliva. Un viaje improvisado, con su familia, en otro país... Todo aquello sonaba a una receta perfecta para el desastre.
— Está bien —dije finalmente, aunque la verdad era que no estaba segura de nada—. Nos vemos mañana.
Colgué antes de poder arrepentirme.
Y ahí estaba: en menos de veinticuatro horas, estaría en un avión rumbo a Inglaterra, rodeada de familiares de Fernando, pretendiendo ser la esposa perfecta.
Genial.
El sonido constante del motor del jet privado de Fernando llenaba la cabina. Me acomodé en uno de los amplios asientos de cuero, abrazando la manta que una de las azafatas me había ofrecido.
Fernando, sentado frente a mí, repasaba algunos documentos en su tablet, con la misma concentración impenetrable de siempre. A veces me preguntaba si había algo que realmente lo afectara o lo hiciera perder la compostura.
— ¿Cómo está tu padre? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio.
Fernando levantó la vista y dejó la tablet sobre la mesa.
— Hablé con mi madre antes de despegar. Dice que está estable, pero quieren que estemos allí por si algo cambia.
Asentí, jugando con la orilla de la manta. A pesar de la comodidad del jet, el ambiente seguía siendo tenso.
— Y tu familia... ¿saben que vamos? —pregunté con cautela.
— Por supuesto. Mi madre está emocionada de verte otra vez —dijo con una pequeña sonrisa—. Mi abuela también quiere conocerte.
Tragué saliva. ¡Genial! Más personas a las que engañar. Esto solo se ponía mejor.
— Espero no arruinar esto —murmuré, sin pensar.
Fernando arqueó una ceja y se inclinó un poco hacia mí.
— Lo harás bien. Solo sé tú misma... dentro del personaje que interpretas, claro.
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Propuesta Laboral ©
RomanceTras graduarme en secretariado ejecutivo, decidí dar un giro a mi vida y mudarme de Madrid a Medellín, Colombia, en busca de nuevas oportunidades. Sin embargo, la realidad me golpeó cuando descubrí que encontrar trabajo no era tan sencillo como me h...
