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El cuerpo pesado y con un fuerte dolor al siquiera respirar.

Un calor que hierve aun en su cuerpo, como un caldero burbujeante en las brazas del carbón.

Entre abrió los ojos apenas, mirada borrosa y cansada, como si lo hubieran destazado y vuelto a unir; un fuerte aroma le hizo fruncir la nariz, mareando sus instintos y hacerle hormiguear la sangre.

Cayendo de nuevo en la inconsciencia.



—Va a estar bien –posando la mano en el hombro de Njord, Kishibe le ofreció un poco de té, tomando lugar aún lado del mismo y ver a Sol en cama.

Ya habían pasado un par de días desde lo sucedido, y Sol aún no despertaba, mientras tanto, los líderes se habían encerrado luego de una pausa, a charlar sobre la situación en al que están.

—Es extraño verlo tan quieto, incluso durmiendo es alguien demasiado enérgico –comenta Njord con la mirada baja, con las manos sosteniendo el cuenco que contiene el té.

—Esto seguro que va a sobrevivir –comenta observando la leve respiración de Sol, el cual estuvo en un estado de muerte los primeros días, siendo vigilado las veinticuatro horas.

Apretó el cuenco, la impotencia dentro de él crecía al no poder hacer más por su Sol, si no le hubiera despegado el ojo de encima, aquello no estaría pasando, y Sol estaría como siempre, risueño, de un lado al otro, feliz.

—¿Cómo se conocieron? –pregunta Kishibe sacando a Njord de sus propio regaños, la mirada se dirigió a Kishibe, el cual le sonrió suave, esperando escuchar el encuentro de ambos.



«Mi nombre es Sol, y no se si tengo algún apellido. Tengo quince años, y a los seis perdía a mi familia en una guerra donde el fuego consumió el pequeños pueblo en el que la escasez no era mayor que el intento de salir adelante, pese a la locura y el terror que invadían las tierras.

Los barbaros, consumidos por el pecado de la avaricia, la gula y el deseo de muerte, arrasaron con todo a su paso, acabando con los hombres, violando a las mujeres y llevándose a los niños para criarlos como ellos, seres sin alma ni corazón, solo movidos por la guerra y el caos.

Aún recuerdo a mi madre, una hermosa mujer, gentil y bondadosa, cocinando platillos deliciosos pese a lo poco que hay, siempre lograba sorprender a todos y dar a otros; mi padre, un hombre tímido y reservado pero, con un gran corazón, ayudando a otros en silencio, sin esperar reconocimiento.

También recuerdo a mis dos hermanas mayores; Hana y Hanako. Hana siempre fue estricta, recta, protectora; Hanako muy relajada, paciente y que prefería siempre hacer las labores más fáciles.

Recuerdo ir al río, mojarme los pies con el agua que, antes pura, ahora estaba sucia, siendo la única fuente para las necesidades y saciar la sed, que si bien trae más enfermedades a la gente, es la forma de no perecer.

Escuche los gritos de mi hermana Hanako, corriendo en mi dirección con prisa y miedo en sus ojos, las lágrimas perdiéndose en el aire, me sujeto con fuerza el brazo y tiro de mí cruzando el río y alejarme del pueblo, sin darme explicación, solo diciendo que no mire hacía atrás.»


«Corrimos, corrimos bastante aún con el dolor en los pies y el esfuerzo de las piernas, deseaba parar, pero Hanako seguía sin parar, huyendo como si aquello lograra que el mal nos dejará en paz.

Lazos paralelosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora