Capítulo 41 | Espectáculo

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Estaba casi lista para recibir el año.

Al final, papá se dio cuenta que estaba mintiendo, Sam lo estaba sospechando y ni hablar de Tayler y Marie. Es que es así, a la familia es muy difícil mentirle.

Aún no dejo de pensar en lo que pasó en el hospital, lo que me dijo, sus palabras hicieron que me estremeciera, pero aún así, seguía dudando de lo que dijera fuera cierto, de todos, quienes se creyeron mi mentira fueron Emma y él. Hoy, Emma estaría con sus abuelos, y supongo que él, con su mamá.

Abrí uno de mis cajones, y saqué el regalo de papá. Pobre de Mister Spencer, su cumpleaños número 36 la pasó en velo en el hospital, quería recompensarle, ya tenía el regalo listo, todo estaba listo, pero mis impulsos decidieron imponer otros planes para el futuro.

Eran casi las siete de la noche y no me había bañado, aunque sabía que iba a ponerme, siempre era muy lenta para arreglarme, papá me mataría si llegara verme, mínimo estaría lista treinta minutos antes del brindis.

Bajé con el regalo y me encontré a Marie terminando el pastel de chocolate que me había destacado haciendo con ella en la mañana, Jud la estaba ayudando.

Rodé los ojos.

—Hola —dije entusiasmada. El saludo efusivo lo recibí solo de Marie.

Desde hace tiempo deje de interesarme por qué Jud había asumido esa actitud conmigo, cuando éramos niñas jugábamos juntas, hasta que ella decidió vivir con su padre, y solo veía a Marie irregularmente. Años después es que están juntas de nuevos, después de la muerte del señor Robert, su padre.

Marie y Jud estarán con nosotras.

Jud lucía un vestido extremadamente corto y unos tacones aproximadamente de unos 15 cm. Había tanta extravagancia y tan poca tela que realmente se veía poco atractiva.

—Hey Marie, ¿Hans no viene este año? Mira que ya tuve suficiente con que Luca me abandonara —terminé de decir y me sonrió, iba a decir algo hasta que oí un grito a mi espalda.

—¡Pero mira que grande y atractiva estás! —bendita voz, recuerdo que Hans me había gustado desde que éramos niños, era el hijo mayor de Marie, y a diferencia de Jud el decidió quedarse con nosotros, hasta que tuvo que irse para estudiar.

—Si tú tampoco te quedas atrás, Dios solo mírate.

—¿Cuántos años es que tienes? Recuérdamelo, para saber si puedo coquetearte —dijo, y ambos reímos.

—Hans —lo reprendió Marie.

—Ay mama solo obsérvala, esta hermosa, verdad Cenicienta —no podía creer que ese pequeño gesto me hiciera conmover. "Cenicienta" era el apodo que él me había puesto, cuando yo tenía nueve y el once, me decía que era una princesa encerrada en mi castillo.

—Ahora sí puedo decir que eres todo un príncipe —sus ojos color miel se iluminaron, e hicimos esa pequeña conexión que removió algo en mí.

—Hola, hermanito —intervino Jud, y los músculos de Hans se tensaron, teniéndolo tan cerca me doy cuenta de lo definidos que éstos están.

—Jud, Jud, mi hermosa Jud —dijo el acercándose a ella dándole un abrazo de oso que ella recibió a regañadientes. Me miró mal y se fue.

—Discúlpala mi niña, ha tenido un día pesado —se disculpó Marie por la actitud de su hija.

Iba a responderle pero Hans se adelantó.

—Ha tenido una vida pesada, porque Judith siempre ha sido así mamá —dijo su hijo metiéndole el dedo a la mezcla de chocolate que había sobrado.

Perfectamente ImperfectosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora