Capítulo 43 | Por fin, Liam

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Lo detuve, me separe de él y tome un poco de aire.

—Savannah —echo su cabeza para atrás y alargo la última sílaba de mi nombre—. ¡Oh Savannah! —sonaba como un niño regañado.

—Sebas, yo, es que mira... —me interrumpió.

—No. Sebas nada. Yo estoy molesto, tú estás molesta. No quiero hablar, y realmente quiero insultarte por tu estúpida idea de fingir que no me conocías. Pero aquí estoy, y quiero besarte.

Me volvió a besar y ya empezaba a sentir la humedad entre mis piernas.

Volví a detenerlo.

—No —beso—, Sebas escúchame. —Me empotro contra la pared y empezó a desvestirse sin dejar de besarme.

—Espera, es que... —yo en serio quería hablar pero verlo semidesnudo en frente de mí, sinceramente necesitaba instrucciones de como respirar.

—Primero —dijo jadeando, desnudándome y besando mi cuello—, voy hacerte mía, voy a follarte tan fuerte, para que me recuerdes y esta vez jamás —me miró—, jamás, te olvides de mí.

—Eso solo pasara si yo te lo permit... —mis propios gemidos me interrumpieron.

Metió dos dedos en mí, y con otro dedo acariciaba mi clítoris, Santo Dios estaba delirando, me cargo y aprovechó para pasar antes por la puerta y ponerle el seguro. En medio de mi crisis gracias a Dios no se me ocurrió tocar ni lanzar nada hacia mi cama.

Me quitó la ropa interior con rudeza y me abrió las piernas sin contemplación. Enterró su cabeza en mí y empezó a devorarme.

En menos de diez minutos estaba volando en una nube de placer.

Se tocó los labios y se lamió los dedos, se arrodilló frente a mí y empezó a tocarse su miembro.

Joder.

Mis jadeos se acompasaron con el suyo y sin darme cuenta él ya estaba dentro de mí.

Sus embestidas eran fuertes y cada vez mayores, sus gruñidos me hacían perder la cabeza y en un momento a otro ambos llegamos al climax.

Cuando pensé que habíamos terminado, me dejó claro quién era que llevaba la partida. Me volteó con brusquedad y se enterró en mí. Levantando mis caderas me gane un azote y vaya que me gustaba este Sebastián dominante.

—Dime, dime que tan fácil de olvidar soy —una embestida fuerte hizo que me temblaran las piernas y gritara de placer—. ¡Dímelo!

—Yo —me reí ante su actitud, estaba amando ese maldito momento—. Jamás podre olvidarte mi amor.

—Repítelo. —Otra vez chocó contra mí con fuerza.

Y cuando veía que no lo decía, me follaba sin piedad.

—¡Dilo Ángel! —gritó antes de llegar al orgasmo.

—Maldita sea, ¡te quiero Sebas!

Con eso se derrumbó encima de mí y yo terminé de llevar mi cuerpo a la cama. Agradecí al instante que mi cuarto fuera insonorizado. Nuestras respiraciones eran pesadas y estábamos empapados de sudor.

Minutos después ya estábamos vestidos y satisfechos pero eso no quitaba mi molestia.

—Puedes decirme ¿Por qué coño permitiste que Jud te besara?

Abrió los ojos de tal forma que pensé que se le iban a salir, y después de mirarme sorprendido, pensé que me iba dar una explicación, pero no, el muy idiota se carcajeo, aumentando mi cabreo.

Perfectamente ImperfectosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora