Capítulo 55 | *flashback*

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Tenía apenas trece años cuando ya estaba viviendo en Europa. Mi padre, desde que se enamoró de su arquitecta, Samantha Ferrari se asoció con empresas de diseños y construcción. Buscando nuevos talentos y dándole oportunidades a las empresas de bajas influencias.

Constructoras Koch era la mejor empresa de toda Alemania y parte de Europa. Una de las sucursales estaba en Berlín, donde para ese entonces estábamos viviendo. No me gustaba estar ahí, las personas me miraban de otra forma, y mi piel bronceada, mis ojos mieles y mi cabello color café eran la excepción de ese lugar lleno de personas altas con miradas azuladas y verdosas.

Detestaba vivir en Berlín, fue el idioma que más me costó, y aún seguía sin entender varias cosas. Ya no jugaba, Judith ya no jugaba conmigo, aunque Marie me hacía unas galletas después de clases de natación. Siempre quise corresponderle las palabras a Samantha, pienso que primero se enamoró de mí y luego de mi padre. Desde que me vio siempre me consiente, buscando mi aprobación, surcando en un amor que no sabía si existía o si estaba dispuesto a dárselo a ella. Nunca se rindió, ni conmigo ni con mi padre.

Mi ingenuidad me caracterizaba, desde temprana edad me escondía en los libros. Una vez leí que los libros son espejos: vemos en ellos lo que hay dentro de nosotros. Tomaba la iniciativa en todo, desde pequeña lo desconocido aumentaba mi curiosidad. Moría por aprender, y siempre, siempre he querido ser como mi padre. Admirado por su éxito, respetado por su humildad.

Hans, el hermano mayor de Jud siempre jugaba conmigo, a él también le gustaba leer pero más que todo dibujar. El me llevaba dos años. Pero aun así jugaba conmigo. Me gustaba, me gustaba mucho pero no podía decírselo, a él no le gustaría una niña como yo. Él ya tenía principio de barba, había crecido mucho, y a mi levemente me estaban empezando a crecer los senos.

El jamás se fijaría en una niñata como yo.

Uno de los tantos días cambió mi vida, ahí mismo en Berlín en ese lugar que deteste por años. La tarde de un miércoles papá me dijo que a la casa llegaría gente importante y que, lo importante para él era que yo estuviera ahí y demostrara lo inteligente que era. Recuerdo perfectamente que para ese día, mi vestido turquesa resaltaba mis ojos y mis ondas. Me llegaba un poquito más arriba de los tobillos, mis zapatillas blancas perlas conjugaban con las perlas que iban en mi cabello, dándome el toque de ángel.

No usaba maquillaje, siempre lo odie, incluso cuando las maquilladoras decían que era obligatorio para las presentaciones nacionales-internacionales yo me rehusaba.

Esa tarde bajé y dos hombres muy mayores estaban en el comedor, hablando con mi padre en un alemán perfecto que yo solo comprendía por la mitad. Uno de ellos, el más joven me visualizó. Mi padre me presentó a un señor mayor muy educado, el muchacho no apartó la vista de mí. Sus ojos negros me intimidaban, me hacían sentir más pequeña de lo que era. «Hola, mucho gusto», fue lo único que dije, con mucha vergüenza haciendo que mi alemán saliera trastornado y poco entendible. Me saludó de vuelta y comimos.

Participaba poco, pero a ellos se le hacía más fácil hablar en nuestro idioma, después de todo a ninguno de los dos lo hacía mal y era tierno escuchar su acento en otro dialecto. El muchacho quien había cumplido recientemente veintiún años me miraba escéptico y de un momento a otro cuando nuestros padres nos dejaron solos se acercó a mi «¿Savannah, cierto? Eres una niña muy linda e inteligente. Permíteme ayudarte con tu alemán?». Me frustraba ese maldito idioma.

Pero en ese momento no me negué. Acepté su ayuda. Si Hans no me miraba él no lo haría, era mucho mayor. Verlo, era ver a uno de mis personajes literarios. Sus ojos negros, tan negros, tan profundos me miraban de tal forma que por un momento creí que Patch Cipriano era real y era él.

Perfectamente ImperfectosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora