Capítulo I:
Un fiel amigo
Miro fijamente el lago que se extiende llana y pacíficamente hasta las fronteras de Rhycund. Alzo la vista. El sol se pone lentamente virtiendo sus últimos rayos sobre el agua mientras diferentes aves pían despidiéndose del día, revoloteando en el horizonte. Sombras borrosas y dispares que aletean con ímpetu hasta conseguir aterrizar en los brazos espinosos de secuoyas centenarias. Otras alzan el vuelo dando fuertes aletazos en el aire hasta que consiguen alcanzar alguna corriente de aire caliente que los impulsa hacia arriba. Pero esas aves no tienen suficiente, pues quieren llegar a lo más alto. Suben y suben, ascendiendo con ímpetu, atrapando el viento entre sus plumas... y luego se dejan caer en picado, cortando el aire con sus puntiagudos picos. Justo cuando parece que se van a sumergir en el lago, despliegan sus alas y alzan el vuelo de nuevo, rasgando con sus uñas los pliegues escasos que se forman en la anaranjada superficie.
Yo no tengo alas pero tampoco las necesito. Inspiro profundamente, dejando que el olor a tierra húmeda impregne mis pulmones y a continuación dejo escapar esa deliciosa brisa, que se aleja con el viento que agita levemente mis cabellos.
- ¿De verdad vas a hacerlo?
Me vuelvo y asiento a mi amigo con la cabeza, molesta por tener que responderle de nuevo. Ya es la tercera vez que hace esa pregunta pero solo me he molestado en gastar saliva en la primera. Me quedo observándolo unos instantes, viendo como el viento le desordena el pelo, de un castaño oscuro y sus ojos, rasgados y marrones como la leña, me miran entrecerrados, luchando por no cerrarse con la luz del ocaso. Es un fiel amigo, siempre lo ha sido. Nunca me ha fallado en momentos de locura como éste aunque siempre finge intentar persuadirme de no cometer ninguna atrocidad. Me permito observarle unos instantes más y me doy cuenta de que las alturas le sientan tan bien como a mí. No estamos hechos para vivir en el suelo.
Yo nací y crecí sin conocerle. Ciertamente, la aldea es muy pequeña y es muy difícil no conocer a todo el mundo y de hecho, fueron esas circunstancias las que me permitieron verle por primera vez a través de la ventana de mi habitación, que se encuentra en un segundo piso desde donde veía las calvas incipientes de los pescadores que volvían con las redes bien cargadas por la mañana. Sin embargo, para ver a mi amigo, a pesar de la altura privilegiada en la que me encontraba, tuve que alzar la vista. En efecto, Symmus se encontraba a una altura todavía mayor que la del segundo piso de mi casa porque se había subido al tejado de una de las casas vecinas. Mi primera reacción fue llamar a mamá para advertirle de que había un niño en el tejado de los Lonrow pero antes de apartar la vista de la ventana, Symmus saltó. Se me encogió el corazón en cuestión de segundos y no fue hasta que lo vi aterrizar sobre la planta de los pies, que me di cuenta de que había hecho una magistral pirueta. Abrí la boca de par en par, dejando ver el hueco en el que antes tenía uno de los incisivos, cuya ausencia lucía con orgullo y en ese momento decidí no decirle nada a nadie sobre lo que había visto. Necesitaba conocer a aquél niño de pelo largo y rizado de un modo u otro.
Pasaron semanas hasta que volví a verle de nuevo, pero esta vez fue iniciativa mía la de encontrarnos: se me ocurrió la genial idea de intentar imitarle y con ello atraje a medio pueblo, incluidos a Symmus seguido de su banda y a mi madre. Mentiría si dijera que la presencia de mamá no me acobardó en aquél momento y, sin embargo, cogí aire, retrocedí haciendo crujir las tejas de la casa de los mismos Lonrow y salté. Una humilde voltereta hacia delante. Milagrosamente aterricé sobre la planta de mis pies pero el impulso hizo que seguidamente cayera de rodillas. Intenté reprimir una mueca de dolor y me levanté, sacudiéndome las rodillas y las pantorrillas. Justo antes de saltar escuché a los adultos gritar del susto y sabía que, aunque consiguiera hacerme conocer por Symmus, mamá me impondría un largo castigo y así fue. Sin vacilar y con la mirada seria, me agarró del brazo y tiró de mí hacia casa con pasos tan presurosos que más que caminar, avanzaba dando saltos con mis cortas piernecitas. Pero antes de torcernos para entrar en casa, me volví y lo vi. Él también miró. Intercambiamos miradas por un instante y recibí la satisfacción que tanto anhelaba, el saber que él se había percatado de mi existencia.
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Igneous
AvventuraEn los cuatro reinos se avecina una guerra. Y Deianira, una joven alocada que vive sin preocupaciones en un pequeño pueblo a las afueras de una gran ciudad, no sabe que será la detonante de esa guerra. Sus decisiones la llevarán a dejar todo lo que...
