1- Lo más importante.

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Rafael

Tomé a Benjamín en mis brazos ya dormido y lo llevé a su habitación, me tardé una hora tratando de dormirlo, pues él sólo quería jugar conmigo. Lo recosté en su cuna, lo cubrí con su manta azúl con nubes blancas y después de besar su frente, puse a su lado a su oso favorito. Me quedé viéndolo un rato y después salí de la habitación.

—Que rápido logras dormirlo —dijo Zulema cuando bajé las escaleras—, yo paso horas intentándolo y sólo logro que llore y haga berrinches.

—Es sólo que no sabes tratarlo, es un niño y por lo tanto quiere jugar, quiere que sus padres lo consientan.

—Ese es el problema, tú lo consientes demasiado, cosa que no deberías hacer, lo vas a mal acostumbrar y lo único que harás es un niño malcriado —fruncí el ceño. Ya estaba muy molesto por las estupideces que estaba diciendo.

—Mi hijo no es, ni será, un niño malcriado.

—Te recuerdo que también es mi hijo.

—Para nuestra desgracia —entrecerró los ojos—. Tengo cosas que hacer —vi mi reloj—. Mañana pasaré a ver a Benja y si tengo tiempo lo llevaré a dar un paseo.

—Bien —se vio la uñas.

—Cuídalo bien —no respondió y mucho menos me volvió a ver. Apreté la mandíbula y salí de la casa.

—¿Adónde señor? —me preguntó El Seis cuando subí al auto.

—A mi casa —sonreí.

▪︎▪︎▪︎

En cuanto atravesé la entrada recibí una hermosa sonrisa, mi esposa se levantó de su lugar y se acercó a abrazarme. La abracé fuerte, la levanté del piso y empecé a llenarla de besos.

—Gorda hermosa, te extrañé mucho —le di un beso en la frente y la puse en el suelo.

—Rafael, deja de decirme gorda, por tu bien —me señaló.

—Pero si es de cariño, hermosa —la besé rápido—. Sabes muy bien que sería incapaz de hacerte una burla.

—Pero no me gusta, no estoy gorda —hizo un puchero—. Te lo aceptaba cuando estaba embarazada, pero ya no.

—Hablando de embarazo, ¿dónde están mis niñas? —rodó los ojos al ver que le cambié la conversación—. Te amo, mi gordis.

—Rafael —se quejó—. Ya vamos a ver a las niñas —me tomó de la mano, subimos las escaleras y fuimos a nuestro cuarto.

Ahí en sus cunas, cerca de nuestra cama estaban dormidas nuestras hermosas niñas. Acaricié la mejilla de una y luego de la otra, a pesar de llevar cuatro meses con ellas, aún no lograba diferenciarlas. Porque eran gemelas, aún recordaba lo emocionada que se puso Valentina cuando fuimos a hacer el primer ultrasonido, ya cuando tenía casi cinco meses de embarazo, pues no nos dimos cuenta hasta una semana antes.

—Doctor, ¿podríamos hacer el ultrasonido dimensional? —Valentina me vio sorprendida.

—Por supuesto —el doctor asintió.

—¿Tú cómo sabes de eso? —me encogí de hombros.

—Estuve investigando —asintió.

El doctor empezó con el proceso; poner la gel y pasar el aparato por su abdomen ligeramente abultado. De inmediato aparecieron imágenes en la pantalla y un momento después empezaron los latidos. 

—¿Ya escuchaste mi amor? —tomé su mano y besé sus nudillos—. Es nuestro bebé.

—Nuestro hijo —besé su frente.

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