11- Niño grande.

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Después de explicarles cómo había sido lo de Benjamín, sin dar muchos detalles, seguimos preparando el almuerzo o mejor dicho ellos siguieron porque Valenry se despertó y yo a aproveché para salir de ahí. Luego del almuerzo todos nos fuimos al jardín, Valentina y Susan se sentaron cerca de la piscina y nosotros los hombres bajo un enorme árbol.

Mientras Valentina y Susan conversaban, yo estaba cuidando a los niños, Valery estaba siendo cargada por su hermano mayor, Tavo y yo a Valeska y a Benjamín. Este último estaba jugando en el césped, pero al ver que cargué a la niña, empezó a pedirme que lo cargara y a hacer pucheros y por supuesto que lo hice. Lo que menos quería era que sintiera que lo hacía a un lado por las niñas, él también era mi hijo y aunque fuera mayor que las niñas también era mi bebé.

—Aún no me explico porque quisiste tener un hijo con ella —vi a Diego, rodeé los ojos y bufé.

—¿Diego, cuando te lo propones eres bien idiota? —Tavo río.

—No fue algo planeado, fue un accidente —vi a mi hijo que tenía su cabeza recostada en mi pecho—. Pero ha sido el accidente más hermoso que he tenido —besé su cabecita y se giró para verme.

—Papi, no usta ebé —señaló a la niña que estaba recostada en mi brazo contrario a dónde estaba él.

—Es tu hermanita, amor —negó.

—No usta, esta nita —se cruzó de brazos.

—¿Y esta te gusta? —Tavo señaló a Valery.

—No. Poco usta —tenía el ceño fruncido.

—Benjamín, ¿quieres que te enseñe algo? —le preguntó Diego.

—¿Papi, shi? —asentí—. Shi tiedo —lo ayudé a bajarse de mis piernas y fue a dónde Diego.

—Ven acá —Diego lo cargó—. Mira —le mostró su celular—, me dijeron que te gustan los caballos, ¿te gusta este chiquito?

—Shi, usta, ballo —señaló la pantalla del celular—. Yo tiedo ballo.

—¿Quieres uno? —asintió repetidas veces—. Te lo regalo entonces. Es tuyo y en cuanto podamos te voy a llevar para que lo conozcas.

—¿Shi mío? —preguntó sorprendido.

—Sí, tuyo —empezó a agitar sus manitos.

—Teno un ballo, yo teno un ballo. Papi, teno un ballo —reí al ver su emoción—. Entina —Valentina lo vio—, teno un ballo.

—¿En serio, amor? Que lindo —ambas se pusieron de pie y empezaron a caminar hacia nosotros—. ¿Quién te dio un caballo, bebé?

—¿Eh? —vio a Diego—. No té —se encogió de hombros.

—Soy tu tío Diego —asintió.

—Ío Ego, Entina —la sonrisa de mi hermano al escucharlo llamarlo tío era enorme, era la primera vez que alguien lo llamaba así—. Ío Ego, mí taballo.

—¿Te dio un caballo, bebé? —todos estábamos riendo de escucharlo hablar.

—Dale un abrazo a tío Ego —mi hermano abrió sus brazos y él lo abrazó—. Que abrazo más rico, Ben —le dio un beso en el pelo.

—Tiene a la gran parte de la familia en el bolsillo —me dijo Valentina mientras se sentaba en la pierna en la que anteriormente había estado Benja—, y cómo no si es un niño maravilloso.

—Sólo falta que le gusten las bebés.

—Lo hará, sólo necesita tiempo para aceptar que ya no eres exclusivamente de él y que también pasas tiempo con las niñas.

—Yo también pensé lo mismo, antes pasábamos todo el tiempo juntos, solo los dos, porque su madre nunca estaba, y no es como que nos hiciera falta tampoco. Pero creo que el problema son los celos.

—Eso es, pero es un niño maravilloso he inteligente y sé que en cualquier momento entenderá que las niñas son sus hermanitas y él debe quererlas mucho, así como ellas lo querrán a él.

—Espero que sea así, porque no me gusta verlos llorar; si cargo a Benja, llora una de las niñas y si cargo a una de las niñas llora él.

—También he pensado en que ahora que estemos todos aquí va a poder socializar más y eso le enseñará a compartir, incluso a su papi —me dio un beso en los labios.

—Tú socializas mucho y no me compartes —reí y ella me vio seria—. Es broma amor, me encanta que en ese sentido seas egoísta.

—Más te vale, Rafael Vega —me golpeó la nariz con su índice y me dio un beso.

•••

El celular empezó a sonar, pero estaba tan cansado que no quería abrir los ojos, así que lo ignoré y seguí durmiendo. Unos minutos después el celular volvió a sonar, tenía ganas de estrellarlo, porque en realidad tenía sueño y a penas iban a ser las cinco.

—Papi —abrí un ojo y vi a Benjamín recostado en mi pecho.

—¿Qué pasó bebé? —levantó la cabeza.

—Pipi, papi.

—Tienes pañal, bebé.

—No tiedo ya —cuando estaba despierto, la mayor parte del tiempo, pedía que lo llevara al baño.

No tenía idea de porque debía comportarse como un niño grande, tenía pañal, debía usarlo, no despertarme. Los niños a su edad usaban pañal, los niños a su edad dormían todo el día, a su edad no hacían tantas preguntas, a duras penas y hablaban, pero no sabía ni porqué me quejaba si todo era mi culpa. El pediatra me dijo que el que yo le leyera y le enseñara diversas cosas, estimulaba su cerebro y era esa la razón por la que hablaba tanto y hacía todas las cosas que hacía.

—Papi, pipi, no tiedo eto —señaló su pañal.

—Rafael, llévalo al baño ya —Valentina me dio un empujón.

—Bien. Vamos —lo cargué y lo llevé al baño, le quité el pantalón de pijama, el pañal y lo cargué para que pudiera alcanzar el retrete.

Cuando terminó lo puse en el piso y tomé el pañal, el cual se sentía bastante pesado, lo que significa que toda la noche se pasó orinando en el y lo que me llevaba a la pregunta de: ¿qué le costaba hacerlo una vez más?

Pero en fin, ya pasó y unque me despertara  temprano y a veces no me dejara dormir, lo amaba y no lo cambiaría ni por diez horas de sueño.

—Te voy a cambiar el pañal —tomé un pañal limpio, lo recosté en la cama y se lo puse. No fuera a ser y se orinara.

—No tiedo eto, no tiedo —rodeé los ojos y caminé hacia la salida del cuarto.

La única forma en la que se iba a dormir era tomándose un biberón y por el bien de mi salud mental lo mejor sería que volviera a dormir y las gemelas no despertaran hasta más tarde. Cuando tuve el biberón listo volví al cuarto, cuando vi lo que hacía Benjamín, casi me da algo.

—¿Deja el pañal en su lugar? —estaba tratando que quitarse el pañal.

—No tiedo.

—Siempre lo usas, ¿por qué hasta ahora el drama?

—No tiedo, papi —hizo su puchero.

—¿Quieres leche? —moví su biberón.

—Shi, eche, papi —me recosté en la cama, lo puse a él en mi pecho, boca arriba, y le di su biberón.

Cuando terminó de tomárselo, como lo deseaba con todo mi ser, se durmió. Valentina se giró y al vernos a ambos sonrió.

—¿Se ven tan lindos?

—Gracias por ayudarme —entrecerró los ojos.

—De nada mi vida —me lanzó un beso y me dio la espalda.

Era el colmo del descaro.

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