7- Día juntos.

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Rafael

—Si necesitan algo sólo llámame —le dije a Valentina mientras terminaba de vestirse.

—Tranquilo, tú pasa tiempo con el niño —me dio un beso.

Tenía a ambas niñas en brazos, me puse de pie y caminamos hacia la salida de la habitación, mientras bajábamos las escaleras, Vale iba leyendo la lista de compras que hizo ayer por la noche. En la sala ya la estaban esperando Lorenzo y Susan, quienes en cuanto me vieron con las niñas se acercaron y me las quitaron.

—Nosotros las llevamos.

—Sí claro, cómo las dejamos hermosas, por eso quieren presumirlas —negué con una sonrisa.

—¿Dejamos? Eso me suena a manada —Vale me vio mal.

—Ya vámonos, hay muchas cosas que hacer y el tiempo es oro —Vale me dio un beso y se fueron.

Estaba muy contento y tranquilo de ver que Valentina, aunque no me dejaba que la tocara mucho, estaba muy normal e incluso podía ver que cuando me hablaba del niño lo hacía con sinceridad. Por esa razón iba a estar muy tranquilo disfrutando de un bonito día en el rancho, junto a mi hermoso bebé.

—El auto y todo lo demás está listo —dijo El Seis cuando entró a la casa.

—Yo también, ya vámonos —tomé lentes de sol y salí de la casa.

Durante el camino estuve recibiendo fotos de Diego y Tavo, esos dos sólo se la pasaban de fiesta en fiesta y mandándonos fotos a todos, según ellos, para que los envidiaramos. Llegamos a la casa, bajé del auto y fui a tocar la puerta, Zulema abrió y de inmediato entré a buscar a mi hijo.

—Bebé, ¿dónde estás? —no supe dónde estaba escondido, pero él corrió hacia a mí, lo cargué y empecé a llenarlo de besos—. ¿Ya estás listo para irnos?

—¡Shi, papi! —me dio un beso.

—¿Sabes que llevaba media hora buscándolo y no exagero? —Zulema se cruzó de brazos.

—¿Es cierto? —vi a Benja.

—Te lo estoy diciendo yo, ¿acaso no me crees? —negué.

—Por algo le estoy preguntando a mi hijo —rodó los ojos.

—Como quieras, yo ya me voy —tomó su bolsa y dio la vuelta. 

—Lo shiento, papi —bajó la mirada.

—Tranquilo bebé, ya no importa, sólo no lo vuelvas a hacer —asintió—. Vamos a tu habitación para que traigas tus peluches favoritos y juegues a donde vamos —entramos a su habitación y en cuanto lo puse en el suelo corrió por su mochila—. Despacio, te puedes caer.

—Ya estoy glande —reí.

—Aún estás pequeño, aunque no lo creas —me senté en el piso y empecé a observar cada uno de sus movimientos.

—Tiedo el pollo y el pato y a el teñor oso y a mi buabuao —guardo el perro que regale hace poco.

—¿Listo? —le ayudé a guardarlos en su mochila porque eran tantos que no cabían.

—Shi. Mámonos —iba a empezar a correr, pero lo tomé de la cintura y lo puse sobre mi hombro.

—Ahora sí, vámonos —tomé la mochila y ambos bajamos—. Seis, ¿ya tienes lo demás?

—Sí —me mostró el bolso pañalero que Zulema siempre que íbamos a salir dejaba listo.

—¿Estás listo para divertirte?

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