Capitolo Trentatré - Capítulo XXXIII

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Llegué a casa de Michelle y ella no estaba. Dejé mis cosas y una nota, para que supiera a donde iría. Comí algo rápido y salí sin más.

Me sentía nerviosa, pero decidida. Quizá nosotras no tendríamos esa despedida ideal donde los protagonistas quedan como mejores amigos o como Michelle y yo, pero al menos tendríamos una despedida… Una que nos sirviera a ambas para poder soltarnos de una vez por todas.

[…]

—Gracias por venir—sonrió en cuanto me vio.

—No puedo quedarme mucho tiempo, está un poco retirado y no quiero manejar tan tarde—respondí una vez adentro de lo que parecía ser una pequeña casa rural.

—Lo entiendo, no voy a demorarme. Siéntate, por favor—me invitó amable.

—¿Vas a vivir aquí?—quise saber.

—No, no, es casa de una amiga y le pedí que me la prestara.

—¿Sarah?—asintió—¿Ella está aquí?—pregunté con nerviosismo.

—No. ¿Quieres tomar algo?—negué.

—¿Qué tenías que decirme?—debía ir al grano.

—Stephanie…—tomó aire y se sentó junto a mí—Desde que te conocí, yo… Me enamoré de ti, pero no tenía idea de como tratarte—bajó la mirada.

—Eso ya lo sé.

—No voy a hacerme la víctima, no voy a poner más excusas. Fui amenazada por Harge e intimidada por tu padre, eso es lo que… como dijiste antes, ya pasó—la miré fijamente mientras hablaba—Lo de mi hermana… No lo planee, todo me tomó por sorpresa, después de lo que te hice, no tenía cara para intervenir en tu felicidad…

—¿Y ahora quieres hacerlo?—Me levanté del sofá.

—¿Irte con Michelle es tu felicidad?—Guardé silencio—Creo que solo estás huyendo de mí, corriendo lejos de todo.

—Tienes razón, estoy corriendo, pero no de ti. Estoy corriendo hacia mi libertad. No quiero seguir en medio de tu hermana y tú, pero sobre todo ya no quiero saber más de ti y de nada que tenga que ver contigo. Esa es la razón por la que acepté venir a hablar contigo, porque no quiero seguir cargando con tu recuerdo y tenía que decírtelo. No voy a estar contigo, ya no quiero hacer una vida contigo y…

—¿Ya no me amas?—su voz se quebró al preguntar aquello.

—Lo que sentía nunca fue amor. Sentía… Aún siento una pasión platónica inconmensurable dolorosa, pero solo eso—me dolió mucho aceptar aquellas palabras.

—No es verdad—negó y se levantó con brusquedad. Sus ojitos llorosos me conmovían.

—Por favor no llores—me acerqué a ella y en un impulso la abracé.

𝑴𝒊 𝒎𝒂𝒆𝒔𝒕𝒓𝒂 𝒅𝒆 𝑰𝒕𝒂𝒍𝒊𝒂𝒏𝒐 Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora