Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
El Sultán quedó perplejo ante lo que veía. Aquello no era lo que deseaba, no era lo que había ordenado. Su alma, impasible frente a las guerras más cruentas, se estremeció. Su corazón, que solo pocas veces latía con verdadera fuerza, se quebró al ver a Mahidevran allí, envuelta en perfume y seda, como si el destino no le diera permiso para decidir.
Esto no estaba bien... y lo sabía. En el fondo, en lo más oscuro de su conciencia, supo que su madre había intervenido.
-Majestad... -Mahidevran hizo una reverencia cuidadosa, luego besó el borde de su caftán con los ojos bajos, aunque en su interior celebraba la victoria como una leona que reclama su trono.
-Mahidevran... ¿qué haces aquí?
-¿Y por qué no habría de estarlo? -respondió ella, suavemente-. Soy su concubina favorita, la madre de su heredero. La única Kadin.
-Tienes razón... mi flor de primavera. -Suleimán murmuró, atrapado entre el deber, la costumbre y una mentira que no deseaba vivir. La besó en la frente, como un rey que firma un decreto sin leerlo. La llevó a la cama sin alma, mientras, al otro lado del palacio, una joven de ojos claros y fuego en la sangre se desmoronaba en silencio, preguntándose si acaso el paraíso que se le había prometido no era más que un cruel espejismo.
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El sol apenas acariciaba las cúpulas del harén cuando Daye Hatun entró a los aposentos de la Sultana Madre con paso seguro.
-Daye, ¿qué noticias traes? -preguntó Hafsa con voz serena, como quien ya conoce la respuesta.
-Todas buenas, Sultana. La Kadin pasó la noche con Su Majestad.
-¿Y Alexandra?
-En el harén, Sultana. No salió de allí.
-Perfecto. -Los ojos de la Valide brillaron con orgullo-. ¿Y Hatice?
-Con Gülfem Hatun.
-Desde el regreso de Gülfem, están más unidas que nunca. Eso me reconforta.
-La Sultana Hatice tiene un alma noble.
Fue entonces cuando Hatice y Mahidevran ingresaron con reverencias impecables. Hafsa las miró con afecto y orgullo.
-Mi bella hija... -dijo Hafsa, tomando las manos de Hatice.
-Madre, luces espléndida hoy.
-Y tú más, mi niña.
-¿Dónde está Mustafa? -preguntó la Valide, dirigiéndose a Mahidevran.
-En el jardín, con su padre. Están jugando.
-Perfecto...
-Madre, escuché que llegaron nuevas esclavas al harén. -dijo Hatice, curiosa.
-Sí, esta vez aceptamos muchas mujeres comunes. Pocas eran vírgenes...