El hijo de la discordia

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El rumor de un nacimiento se extendía por los muros del viejo Topkapi como perfume de almizcle por un pasillo de mármol: denso, persistente, y embriagador. Las criadas cuchicheaban mientras llevaban bandejas de frutas y pañales bordados con hilos dorados. Los eunuco mayores recitaban oraciones al pasar frente a la habitación de la sultana Mihrimah. Y en los jardines, las hojas de los naranjos parecían inclinarse discretamente hacia los ventanales de su cámara.

Dentro, entre sedas carmesí y el eco reciente de un parto, la hija del sultán Suleimán sostenía a su recién nacido con una mezcla de ternura y obstinación. Lo había nombrado Mehmed.

—Sehzade Mehmed... —murmuró con voz queda—. Que Allah te dé la fuerza que tu nombre merece.

Sus ojos estaban rojos por el llanto y el esfuerzo. Las otras sultanas la rodeaban como si fuesen guardianas de un cuento ancestral.

—¡Es hermoso! —dijo Hürrem con una sonrisa cansada, pero sincera.

—Allah mediante, crecerá sano y sabio —añadió Hatice, tocando con cuidado la manta que lo envolvía.

—Amor mío... —susurró Mihrimah, besando la frente del pequeño—. No sabés lo que se te viene encima...

Sha Sultán observaba al bebé como si se tratara de un prodigio de cristal, frágil y poderoso a la vez.

—¡Miren qué pequeño es! Tan inocente... tan real —murmuró con emoción.

La visita no era solo un acto de familia, era un gesto político. Toda nueva vida nacida en el seno imperial era un susurro en el oído de la historia: podía ser futuro, podía ser amenaza.

Una presencia inesperada se asomó en la puerta. La hija de Fatma Sultán, Saliha, entró con paso elegante y gesto inquisidor. Hürrem frunció el ceño al verla, pero disimuló con maestría.

—¡Ven, querida! Estamos viendo al príncipe —la invitó Sha con hospitalidad medida.

—Es bellísimo, se ve fuerte y sano —halagó Saliha, aunque en su tono vibraba algo ácido.

—Me tienes orgullosa, Mihrimah —dijo Hürrem, sentada erguida, como si sus palabras fueran sellos de aprobación—. Me diste otro hermoso nieto.

—Me enteré que el ex príncipe Mustafa estuvo en la capital... Visitó al príncipe Cihangir —comentó Saliha con falsa inocencia.

—Oh, ¿sí? Cihangir no me lo mencionó —respondió Mihrimah, mirando al bebé con fingida indiferencia.

—Me sorprende que no lo supieras, prima. Sabiendo que tú paseabas por la provincia de Cihangir...

—Estaba ocupada con mi hermano, no con los movimientos del hijo de una concubina exiliada —contestó Mihrimah con un filo que cortaba el aire.

—Es muy lindo tu bebé... Seguro rogaste para que se parezca a ti y no a su padre —añadió Saliha, y la atmósfera se tornó súbitamente tóxica.

—¿Qué insinúas? —Mihrimah se tensó.

—Saliha, basta —intervino Sha, autoritaria—. Déjala descansar, ha dado a luz un príncipe.

Saliha sonrió con veneno.

—Claro... Pronto arribará un carruaje con regalos para tu hijo.

Al salir se cruzó con Rüstem Paşa.

—¡Oh! El padre del bebé. Felicidades por su tercer hijo...

—Gracias, sultana —respondió él con respeto.

—Es una lástima que sea tan obvio que es el broche de una vieja pelea matrimonial... no se parece mucho —soltó Saliha sin piedad.

—Sultana... No siempre los hijos se parecen a uno. Fíjese usted... Tan masculina como su padre, no se parece a su madre, una sultana legítima, en nada —replicó Rüstem con una sonrisa venenosa.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora