El pañuelo Morado

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Todas bailaban con gracia, desplegando su sensualidad como un abanico de seducción bajo la atenta mirada del sultán. Sin embargo, sus ojos no estaban en ellas. Estaban en mí. En la insolente que osó decir su nombre —y lo dijo mal—, en la que interrumpió sus deberes con un desmayo fingido en sus brazos. En mí, la simple Alexandra. María lo notó. Cada vez que intercambiábamos lugar durante el baile, estiraba su ropa, la ajustaba con nerviosismo, como si el cuerpo fuera lo único capaz de dominar a un hombre.

La música estaba por concluir. Todas dábamos las últimas vueltas, las faldas flotaban como pétalos en el aire, hasta que la melodía terminó. Nos agachamos al unísono en una reverencia final. Pero algo dentro de mí ardía. No. No podía terminar así. No debía conformarme. No vine aquí a enamorarme, vine a vencer. Seré poderosa. Saldré de este lugar. Me levanté sola, cuando ninguna otra lo hizo, y comencé a bailar otra vez. La música volvió, como si los cielos respondieran a mi desafío. Bailé como cada señora me enseñó, pero esta vez no era una aprendiz. Era fuego. Era desafío. Y lo miré. Su atención solo era mía.

 Su atención solo era mía

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Solté un suspiro largo. Esa hatun… me tenía embrujado. Desde el momento en que se desmayó en mis brazos, sentí algo que jamás había sentido por otra mujer. Todas intentaron seducirme esta noche, y todas fracasaron. Pero ella… esa pelirroja, con sus labios tentadores y mirada de gacela, despertaba en mí un deseo desconocido.

La música llegó a su fin. Me regaló una última mirada, atrevida, peligrosa, antes de caer al suelo con una gracia que parecía ensayada para mí. Romper las reglas… cuánto me gusta eso. Tomé el pañuelo morado entre mis manos y lo acaricié. A un lado, Ibrahim y Sumbul aguardaban, atentos a mi decisión. Sonreí. Quería conocer más a esa mujer que mi madre tildaba de insolente.

Lancé el pañuelo a sus pies y me retiré del salón, en dirección a mis aposentos.

—¡Mi señor! ¡Sabía que el pañuelo sería para esa chica! —Ibrahim, emocionado, me seguía por los pasillos.

Yo solo reí. Estaba entusiasmado. Tenía mucho que planear.

Me levanté del suelo con el pañuelo morado en mis manos

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Me levanté del suelo con el pañuelo morado en mis manos. Sumbul Aga se acercó apresuradamente.

—¡Por Allah, Alexandra, eres una bruja! —exclamó, atónito.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora