Oscuro

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El invierno aún no había llegado a Estambul, pero en el corazón del Palacio Topkapi, todo olía a hielo. Una helada que no venía del cielo, sino de las entrañas del mármol, de las lágrimas secas, de las palabras que jamás se dijeron.

Desde hacía meses, Hürrem no había salido de sus aposentos. Parecía un mito, una sombra, un lamento contenido tras las puertas de sándalo. La mujer que una vez hizo temblar al imperio con sus risas y decisiones, yacía ahora como una estatua viviente, con la mirada fija en los tapices del techo, abrazando los jirones del recuerdo de su hijo muerto.

Rüstem Paşa, mientras tanto, movía las fichas del tablero con la precisión de un verdugo. Su poder crecía en la sombra. No hablaba con nadie de más. No se demoraba ni un segundo frente a las cortinas ni tras los cortinajes del Diván Imperial. Era el yerno del Sultán, esposo de la princesa Mihrimah, pero sobre todo era el único hombre que apostaba sin reservas por la resurrección de la Haseki.

Y lo hacía porque sabía algo: los muertos no hablan, pero las sombras murmuran.

—¿Nadie sabe nada de esa mujer? —le preguntó con desdén a Sumbul Agha una noche, bajo la tenue luz de las lámparas de aceite—. ¿Nada?

—Firuze sultán es como una aparición, mi paşa. Llegó y se metió en la cama del Sultán cuando la tristeza aún se respiraba. Se deslizó como una serpiente entre las columnas.

—Toda serpiente tiene una madriguera —respondió él mientras pasaba las cuentas de su rosario—. Y yo la encontraré

Esa mañana, el palacio amaneció distinto. Un susurro se filtró por las galerías como una oración secreta: Hürrem ha salido...

Nadie lo creía. Las concubinas miraban hacia los pasillos con temor. Las más viejas susurraban entre dientes que cuando una madre entierra a un hijo, jamás regresa igual. Pero la que vieron no era la Hürrem rota que imaginaban. La que caminó por el harén como una ráfaga de viento helado, vestida de azul profundo y con una tiara sencilla, no tenía lágrimas en los ojos. Tenía fuego.

Esma Hatun tembló al verla.

—Sultana... —susurró con reverencia.

—Prepara la cena —dijo Hürrem con una voz tan suave que cortaba como daga—. Quiero comer con todos mis pequeños. Esta tarde... debe haber vida.

En sus aposentos, Nazlı aún lloraba por la pérdida de su niño mehmed. Nurhan no podía mirar la niña que dejó el principe sin que se le llenaran los ojos de agua. Pero esa noche, el palacio se iluminó de nuevo, no con alegría, sino con determinación.

Mientras tanto, en el otro extremo del harén, Firuze Sultán reinaba como una emperatriz sin corona. Había aprovechado el dolor como trampolín. Hürrem se había desvanecido del escenario... y ella había ocupado el trono invisible de la influencia.

Se paseaba por los jardines como si le pertenecieran. Sus vestidos verdes, bordados con hilos dorados, hablaban de poder. Sonreía con desdén, pero esa sonrisa se desintegró cuando vio a Hürrem cruzar por el corredor principal.

El vestido azul oscuro de la Haseki ondeaba con cada paso. No parecía humana. Era una criatura envuelta en luto y determinación. Firuze sintió un escalofrío.

Hürrem la miró. Directo a los ojos. Y en esa mirada, Firuze vio su sentencia.

🥀

—Esto es un ojo por ojo, Nazlı —dijo Hürrem una noche, mientras el incienso de jazmín llenaba la habitación—. Un hijo por un hijo, un grito por un grito.

—Sultana... tengo una mujer. Se llama Helena. Una esclava veneciana, bella, joven. Puede meterse en el círculo de Firuze.

—¿Y qué hará? ¿Dormirá con el Sultán?

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora