Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
-Yo te amo -dijo él, con una ternura que hacía eco en las paredes del harén.
Habían pasado dos meses gloriosos para Nurhan. Yusuf Paşa, su enamorado, la trataba como a una reina, colmándola de atenciones y gestos que avivaban en ella una llama que creía extinguida desde hacía años. En aquel rincón de Topkapi, lejos de la mirada del poder, florecía un amor prohibido.
-Yo... creo que también. Eres, sin duda, un hombre maravilloso -respondió ella, bajando la mirada con rubor-. Me siento cómoda contigo, segura.
Yusuf se acercó aún más. Sus manos tomaron con suavidad las de ella.
-Me considero un fiel servidor del Imperio. Pediré audiencia a la Sultana Hürrem y al Sultán. Quiero pedir tu mano.
Aquellas palabras fueron un golpe gélido al corazón de Nurhan. Su rostro se tensó, sus manos temblaron.
-¡No! ¿Tú crees...? Es decir, creo que es precipitado... -dijo atropelladamente. El pasha percibió el súbito cambio en su expresión.
-Nuray... mi alma, mi amor. Entiendo que tengas miedo, pero soy un paşa. Gano buen sueldo, tengo una casa hermosa en Edirne. Viviremos bien, podremos tener muchos hijos...
-Yusuf -interrumpió ella, conteniendo las lágrimas-, no soy quien crees. No lo imaginas siquiera...
Él la miró, sereno.
-Eres Nurhan Hatun, madre de la Sultana Esmeray.
El silencio cayó como una daga en la estancia. Ella lo miró, estupefacta.
-Lamento que lo sepas... estás en todo tu derecho de marcharte. Fui una simple concubina olvidada, y ahora te he hecho perder el tiempo.
Yusuf tomó su rostro con ambas manos y la besó con una dulzura que derrumbó sus defensas.
-Para mí eres la sultana más hermosa que haya existido. Desde aquel primer día supe quién eras. Busqué en palacio, hablé con medio mundo. Solo diez mujeres se llamaban Nuray... y ninguna eras tú. Pero cuando describí a la joven que había marcado mi alma, supieron que eras tú. La madre de una sultana... algo imposible, o eso creí al principio. Pero ahora que te tengo, no te soltaré jamás.
Ella lo abrazó con fuerza. Él la alzó entre risas y giraron, envueltos en un amor tan cálido como peligroso.
-Tengo miedo... temo la ira del sultán. Fui su concubina. Esto... esto se considera traición.
-Así como puedes pedir otra noche con él hasta concebir un hijo varón, también tienes derecho a volver a casarte. Has cumplido la norma. Y la ley lo permite.
-Pero...
-Yo soy la ley, Nuray. Al menos, la conozco mejor que nadie -respondió, con esa arrogancia encantadora que ella ya adoraba.
-Tonto -le dijo, entre risas-. Siempre soñé con una vida lejos de aquí. Si puedes darme algo así, te amaré para siempre.
-Te daré todo, querida mía.
-¿Todo?
-Todo.
-Pues quiero un pastel -rió ella.
-Entonces, será tuyo. Solo tuyo.
El amor entre ambos era tan palpable que las paredes mismas parecían susurrar bendiciones. Ella ya no ansiaba el poder... no si podía tenerlo a él.
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