Entregarme a tí

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-Yo te amo -dijo él, con una ternura que hacía eco en las paredes del harén.

Habían pasado dos meses gloriosos para Nurhan. Yusuf Paşa, su enamorado, la trataba como a una reina, colmándola de atenciones y gestos que avivaban en ella una llama que creía extinguida desde hacía años. En aquel rincón de Topkapi, lejos de la mirada del poder, florecía un amor prohibido.

-Yo... creo que también. Eres, sin duda, un hombre maravilloso -respondió ella, bajando la mirada con rubor-. Me siento cómoda contigo, segura.

Yusuf se acercó aún más. Sus manos tomaron con suavidad las de ella.

-Me considero un fiel servidor del Imperio. Pediré audiencia a la Sultana Hürrem y al Sultán. Quiero pedir tu mano.

Aquellas palabras fueron un golpe gélido al corazón de Nurhan. Su rostro se tensó, sus manos temblaron.

-¡No! ¿Tú crees...? Es decir, creo que es precipitado... -dijo atropelladamente. El pasha percibió el súbito cambio en su expresión.

-Nuray... mi alma, mi amor. Entiendo que tengas miedo, pero soy un paşa. Gano buen sueldo, tengo una casa hermosa en Edirne. Viviremos bien, podremos tener muchos hijos...

-Yusuf -interrumpió ella, conteniendo las lágrimas-, no soy quien crees. No lo imaginas siquiera...

Él la miró, sereno.

-Eres Nurhan Hatun, madre de la Sultana Esmeray.

El silencio cayó como una daga en la estancia. Ella lo miró, estupefacta.

-Lamento que lo sepas... estás en todo tu derecho de marcharte. Fui una simple concubina olvidada, y ahora te he hecho perder el tiempo.

Yusuf tomó su rostro con ambas manos y la besó con una dulzura que derrumbó sus defensas.

-Para mí eres la sultana más hermosa que haya existido. Desde aquel primer día supe quién eras. Busqué en palacio, hablé con medio mundo. Solo diez mujeres se llamaban Nuray... y ninguna eras tú. Pero cuando describí a la joven que había marcado mi alma, supieron que eras tú. La madre de una sultana... algo imposible, o eso creí al principio. Pero ahora que te tengo, no te soltaré jamás.

Ella lo abrazó con fuerza. Él la alzó entre risas y giraron, envueltos en un amor tan cálido como peligroso.

-Tengo miedo... temo la ira del sultán. Fui su concubina. Esto... esto se considera traición.

-Así como puedes pedir otra noche con él hasta concebir un hijo varón, también tienes derecho a volver a casarte. Has cumplido la norma. Y la ley lo permite.

-Pero...

-Yo soy la ley, Nuray. Al menos, la conozco mejor que nadie -respondió, con esa arrogancia encantadora que ella ya adoraba.

-Tonto -le dijo, entre risas-. Siempre soñé con una vida lejos de aquí. Si puedes darme algo así, te amaré para siempre.

-Te daré todo, querida mía.

-¿Todo?

-Todo.

-Pues quiero un pastel -rió ella.

-Entonces, será tuyo. Solo tuyo.

El amor entre ambos era tan palpable que las paredes mismas parecían susurrar bendiciones. Ella ya no ansiaba el poder... no si podía tenerlo a él.

 no si podía tenerlo a él

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Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora