Ecos del silencio

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Habían transcurrido cinco meses desde la rebelión que buscó poner a Mustafa en el trono otomano. Cinco meses desde que Hürrem perdió a su hijo.

Aquel amanecer aún la perseguía. Despertó jadeando, empapada en sudor frío, tras soñar que Mahidevran, con los ojos encendidos de odio, ahogaba a sus hijos uno por uno en una fuente teñida de rojo. Se incorporó entre gritos, y lo primero que sintió fue una humedad caliente debajo de su cuerpo. Miró a su lecho… y lo vio. Una mancha oscura, profunda, que se expandía como un pozo de desesperación en las sábanas de seda. Un grito ahogado se escapó de su garganta, apenas antes de desvanecerse. El Sultán, que dormía a su lado, se incorporó de golpe al ver la sangre y comprendió en un instante lo que ocurría. Su rostro, que solía ser impenetrable como el mármol, se quebró en una expresión de horror y pérdida. No necesitaban palabras. Ambos sabían que el hijo que tanto esperaban ya no estaba.

Hatice fue quien la sostuvo cuando el dolor la dejó sin voz. La bañaba con manos firmes y la vestía con paciencia, como si con cada prenda quisiera devolverle un trozo de dignidad. Ella también había perdido un hijo, y sabía lo que era ese vacío que ningún perfume, ningún título, ninguna joya podía llenar.

Mihrimah, Mehmed, Selim... Los príncipes, junto con la pequeña Raziye, llenaban de besos a su madre, intentando ahuyentar las sombras de su tristeza. Ella los abrazaba con fuerza, como si temiera que también les fueran arrebatados.

Suleimán no se alejó de su lado. Durante semanas enteras, durmió con ella, la acarició con ternura y le prometió un futuro lleno de hijos, de paz, de poder... hasta hoy.

—Quiero ejecutar públicamente a Mustafa —anunció con una frialdad aterradora—. Raziye es mi hija. Tiene la misma marca de nacimiento que tenía mi madre… y Hatice.

—¿Mihrimah no tiene esa marca? —preguntó Hürrem, con una mirada afilada.

Su rostro ya no estaba demacrado. Se había vestido con la fuerza del rencor y de la pérdida. Pero algo en ella había cambiado. Estaba más impaciente, más cortante. La muerte le había dejado una herida que aún sangraba, aunque la escondiera tras brocados rojos.

—Los hijos son una lotería, Hürrem. Pero nunca he dudado de los nuestros —respondió él, con una falsa serenidad.

Ella lo miró con desconfianza. Algo en su voz la inquietaba.

—No dejaré que mates a Mustafa. Ya hubo suficiente sangre. No quiero más niños muertos.

—Eso no depende de ti —respondió el Sultán, sin mirarla.

—¡Sí depende! ¡Él no tiene la culpa de lo que hizo su madre!

—¡Esa mujer mató a nuestro hijo! ¡A tu hijo! ¡Lo asesinó antes de que naciera! —gritó él, con los ojos inyectados en rabia.

Entonces Hürrem, sin pensarlo, lo abofeteó con furia.

—¿Crees que soy igual que ella? ¡No dejaré que mates a un inocente! Pero haré que Mahidevran sienta mi dolor. Va a pagar.

Suleimán esbozó una sonrisa irónica.

—No siempre podrás actuar con justicia.

—Mientras tenga fuerza... lo haré —susurró entre dientes, con la mirada ardiente.

Ese fue el último día que Hürrem vio al Sultán. Él dejó de visitarla. Las puertas del corazón de Suleimán se cerraron, y Firuze comenzó a ocupar su lecho noche tras noche. Ella era ahora la sombra favorita en sus aposentos.

Pero a Hürrem ya no le importaba. El odio la sostenía. Tenía cosas más importantes que un amante inconstante.

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Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora