Eterna Emperatriz

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El silencio dolía más que cualquier herida de puñal.
La sultana Hürrem, vestida de negro, con su cabello recogido en una trenza solemne y sus dedos entrelazados sobre el regazo, miraba el techo del diván imperial como si pudiera leer en él su destino.
Estaba lista.

La soledad del poder era una corona de espinas que durante años le había punzado la frente. Había vivido demasiadas guerras, enterrado demasiados hijos, renunciado a demasiados sueños. Ya no quedaba más que esa última lucha, el juicio del pueblo y de los pashás.

—Se da por iniciada la sesión —anunció con voz firme, mientras sus ojos color esmeralda cruzaban los rostros tensos del diván.

Los pashás se miraron entre sí. El rumor había corrido como agua por los pasillos del palacio: algunos querían arrebatarle el poder, otros simplemente verla caer.

—Majestad —dijo el anciano Ahmed Pashá—, queremos convocar la opinión del pueblo. Que decidan si aún la consideran su sultana.

La sala quedó en silencio. Solo se escuchaba el crepitar de las antorchas encendidas.

Hürrem se levantó lentamente, sus joyas tintineaban como campanas funerarias.

—¿El pueblo? Perfecto. Pero no será trayendo a mercaderes que les deben favores. Si quieren voces verdaderas, iremos juntos. Ahora.

—¡Sigan a la Sultana! ¿Qué esperan? —gritó Sumbul Agha, ya tembloroso por la tensión.

El cortejo se movió hacia la gran plaza del palacio. Afuera, el pueblo se amontonaba. Era mediodía. El sol colgaba justo en el centro del cielo, como el ojo de Dios.

Hürrem se detuvo en lo alto de las escalinatas, se quitó el velo. El cabello rojo ondeó con el viento, majestuoso como una llama encendida en el corazón del imperio.

—¡Pueblo otomano! Soy Hürrem, la madre del futuro sultán, la Haseki de vuestro Suleimán. Hoy les pido la verdad. ¿He sido justa? ¿He sido digna?

Hubo un instante de titubeo.

Hasta que una joven campesina levantó la voz con timidez:

—Cuando el sultán murió, yo apenas tenía trece años. Mi familia no tenía ni pan. Hoy, mis hijos comen tres veces al día. Mi esposo tiene trabajo. Gracias a usted.

—Mi Sultana —dijo un hombre viejo—, mis nietos aprendieron a leer por sus escuelas. Mis hijos no murieron por falta de medicinas. ¿Quién podría querer algo más?

—No vine a sustituir al sultán —dijo Hürrem, al borde de las lágrimas—. Solo quise cuidar lo que él dejó.

La multitud explotó en gritos:

—¡Queremos a la Sultana! ¡Nadie gobierna como usted!

—¡Allah la bendiga, Hürrem Sultan!

Los pashás intentaban acallar la revuelta, pero el pueblo ya había hablado. En ese instante, mientras alzaban flores, pañuelos y oraciones, Hürrem supo que el imperio la amaba, aunque no la entendiera.

🥀

Esa tarde, el palacio entero vibraba con energía. Los nietos corrían en los pasillos, y los jardines estaban en flor como si el propio Edén hubiese despertado.

Hürrem entró a sus aposentos con una sonrisa sincera. Bayaceto la recibió con los brazos abiertos.

—Ganaste, madre. Has vencido a todos.

—No gané nada —suspiró—. Solo logré que el pueblo no me escupa cuando muera. Ahora necesito un sucesor. Un heredero.

Pero el ambiente cambió de golpe. Cihangir se levantó primero, seguido de Abdullah y Bayaceto. Sus rostros eran serenos, pero firmes.

—Madre… ninguno de nosotros quiere ser sultán —confesó Cihangir.

—¿¡Qué!? —exclamó ella, palideciendo.

—Nosotros amamos el imperio, pero amamos más vivir. No queremos pelear por un trono, ni matar hermanos. Le pedimos a Bali Bey que redacte nuestra renuncia.

—¿¡Y cuándo yo muera!? ¿Qué será de todo esto?

—Lo heredará tu nieto, Mehmed. El hijo de Mihrimah. Así debe ser.

—¡Eso jamás se ha hecho en la historia del imperio! ¡Eso es debilidad!

—Es paz, madre.

Ella tomó el documento con manos temblorosas. Leyó uno por uno los destinos de sus hijos, los lugares donde vivirían como nobles, no como príncipes.

En un arranque, golpeó a Bayaceto con el pergamino enrollado.

—¡Son príncipes, aunque renuncien! ¡Manejarán provincias como nobles dignos! Bagdad,Karaman,Anatolia necesitarán de su manejo.

—Y tú serás la emperatriz eterna —dijo Abdullah con cariño.

En ese abrazo final, por primera vez en años, la sultana no se sintió sola.

🥀

—¡Empujen, Sultana! ¡Vamos!

Los gritos se oían desde el otro lado del harén. Mihrimah sultana lloraba, empapada en sudor, su cuerpo quebrado por el esfuerzo del parto.

Hürrem sujetaba su mano, sus ojos llenos de temor.

—Vamos, cariño. Tú puedes. Hazlo por ella.

—¡Madre... no puedo más! ¡Siento que muero!

—No morirás. Allah no puede ser tan cruel. ¡Puja!

Con un último grito que desgarró las paredes del harén, Mihrimah trajo al mundo una niña. La pequeña lloró como si también le doliera nacer en un mundo como ese.

—Es una niña —dijo la partera—. Y tiene el cabello rojo como usted, Sultana Hürrem.

Hürrem la tomó en brazos y besó su frente. El sol se filtraba por la ventana, como una bendición silenciosa.

—Te llamarás Gül Alev. Rosa de fuego. Y este collar será tuyo, para que nunca olvides quién eres.

Mihrimah sonrió con lágrimas.

—Es perfecta...

—Tan perfecta como tú cuando naciste —susurró su madre.

🥀

Un mes y medio después, Mihrimah caminaba por los jardines con su bebé envuelta en seda. Subió las escaleras de mármol hacia la alcoba de su madre, que había estado resfriada.

—Madre... ¿madre?

La encontró recostada, con las manos cruzadas sobre el pecho, como si simplemente durmiera. Pero al tocarla, sintió el hielo.

—No... —susurró.

La risa de la niña rompía el silencio como un recuerdo que no dolía aún. Mihrimah se arrodilló junto al lecho y apoyó la frente en la mano inerte de su madre.

—Te fuiste sin avisar, madre... como una reina, como una sultana, como la mujer que más amé en este mundo.

🥀

En algún lugar más allá del mundo, entre campos de rosas blancas, una figura caminaba lentamente.

Hürrem vestía de seda blanca. Su cabello ondeaba libremente, ya sin la corona de poder.

Desde el horizonte, una voz familiar la llamó:

—Hürrem...

Ella alzó el rostro. Allí estaba Hafsa sultana, con los ojos llenos de ternura.

—Te dije que nos volveríamos a ver.

Se abrazaron. Sin palabras. Solo con el corazón.

La emperatriz de la soledad y el fuego finalmente había encontrado descanso.


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...Fin del primer libro...

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora