Muñeca Rusa

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–¡Vamos, señoritas!–, gritaba Firial, mientras su voz cortaba el aire denso del harén como un látigo de seda. Las mujeres, vestidas con sencillez, pero no exentas de una gracia nerviosa, avanzaban torpemente sobre los mármoles pulidos.

El Sanjakbey de Anatolia, siempre deseoso de ganar los favores de Su Majestad, había enviado diez jóvenes como obsequio: bellezas de tez clara, cabello dorado o pelirrojo, todas hijas de la estepa lejana. La noticia se propagaba por el palacio como pólvora encendida.

–¿Qué es esto?– preguntó Hürrem, deteniendo su paso con la elegancia de una reina ofendida. Su mirada turquesa era tan fría como el hierro. Firial bajó la cabeza ligeramente, consciente de que cualquier error ante la Haseki podía costarle caro.

–Al ver los gustos recientes de Su Majestad, el Sanjakbey mandó regalos. Las concubinas son... compatriotas suyas, Sultana Hürrem.

Hürrem paseó sus ojos sobre las mujeres, como un sultán evaluaría nuevos caballos para su establo. No era la belleza lo que buscaba: era la amenaza, el indicio de una conspiración oculta. Se detuvo brevemente en una de ellas: Tania Hatun, cuyos ojos ambarinos delataban una chispa inusual. Otra posible Gözde, otra serpiente en el nido.

Un ruido tras ella la distrajo. Murhan Agha se acercó apresurado, inclinándose casi hasta besar el suelo.

–La Sultana Hatice desea verla, Majestad imperial.

Hürrem alzó una ceja. Qué oportuno. Cuando las piezas del ajedrez se movían, Hatice no solía ser una jugadora casual.

–No volveré a creer en esa mujer–, murmuró Firuze, mientras escondía sus palabras bajo su aliento tembloroso

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–No volveré a creer en esa mujer–, murmuró Firuze, mientras escondía sus palabras bajo su aliento tembloroso.

–¿De qué hablas?–, preguntó Afife, que tejía con lentitud los hilos del nuevo tapiz de rumores.

–¡Es poderosa! ¡Mucho más de lo que jamás imaginé!

–¿Ahora te das cuenta?– Afife sonrió sin apartar la vista de su labor.

–Sí... sí creí que tenía poder, pero no tal poder. ¡Se deshizo de muchas a su alrededor como si fueran moscas!

–Escúchame, señorita –intervino Kiraz Agha, que desde la sombra vigilaba la conversación–. No pelees jamás de frente contra la Haseki.

–¿Por qué no?– preguntó Firuze, con la imprudencia de la juventud chisporroteando en su voz.

–Porque jamás ganarás. Ella tiene hijos, tú no. Ella tiene la mente del sultán atrapada en sus manos... tú no. Ella tiene poder, tú apenas tienes una sonrisa bonita.

Firuze apretó los labios, herida por la cruda verdad.

–Veremos–, se atrevió a desafiar–. La Sultana Mahidevran está de mi lado.

Afife dejó escapar una risa seca, carente de alegría.

–No todo se trata de tener a una sultana de respaldo. Cuando seas un problema para Hürrem, serás también un problema para Mahidevran. Aquí, niña, nadie es verdaderamente aliado de nadie.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora