La Daga Negra

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—¡Aghas! —llamó la mujer de rostro fino y mirada punzante, mientras se acomodaba el velo oscuro que caía con elegancia sobre sus hombros.

—Sí, majestad —respondieron los sirvientes con una reverencia.

—Llévense eso al carruaje. Con cuidado.

—¿Por qué no me llevas contigo? —preguntó su pequeña hija, de apenas cinco años, alzando su rostro con dulzura.

—Porque tu madre debe hablar con tu abuela y con tu tía Hatice. Este encuentro no es para niñas —respondió la sultana Sharazad, sin apartar la mirada de las cortinas de terciopelo que ondeaban levemente con la brisa.

—¿Es porque tía Hatice se casó y no nos invitó?

—No... No soy rencorosa —dijo con una sonrisa tensa—. Pero sí quiero explicaciones. Jamás les hice daño alguno.

—Mándale mis buenos deseos a la abuela Hafsa. Que sepa que la extraño.

—Claro, mi flor. Si en unos meses no vuelvo, mandaré por ti. Obedece a tus maestras. Compórtate como la hija de una sultana.

—Sí, mamá sultana —la niña besó la mejilla de su madre y se retiró de la estancia. Sharazad respiró hondo. Sí estaba molesta. ¿Quién se creía Hatice para dejarla fuera de su boda?

—Mi sultana, ya está todo preparado —anunció su servidor, fiel y atento.

—Que estas inútiles cuiden bien de mi hija. Porque si le sucede algo... haré de sus días un tormento.

—Majestad, cuídese —el hombre la miró con ternura. Ella le sostuvo la mirada, con una sonrisa serena.

—Ven a mi servicio dentro de unos meses. No me dejes sola mucho tiempo.

El hombre asintió con devoción y se inclinó con respeto. Ella sabía que lo necesitaba más de lo que admitía.

 Ella sabía que lo necesitaba más de lo que admitía

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Más tarde, en los jardines del Palacio de Topkapi

—¡Atención! ¡La sultana Sharazad ha llegado!

La corte se alineó con rapidez. En primera fila esperaban la sultana madre Hafsa, Hatice Sultan, Mahidevran Hatun, Hürrem Sultan, Nurhan Hatun y Gülfem Hatun. Los niños permanecían al lado de sus madres, expectantes.

—¡Mi querida hija! —Hafsa la abrazó con emoción contenida.

—Sultana madre... Allah es glorioso, pues me concede verla de nuevo —respondió Sharazad con una reverencia elegante.

—Amén —musitó Hatice antes de lanzarse a abrazarla.

—Te extrañé mucho —dijo Sharazad, escaneándola con la mirada hasta detenerse en su vientre.

—¡Oh por Allah! ¿Cuánto tienes ya?

—Ocho meses... dentro de poco daré a luz.

—Llegué justo a tiempo —respondió con una sonrisa gélida, antes de dirigir su mirada a Mahidevran, a quien saludó de manera distante pero cortés. Besó la frente de Mustafa con gentileza y luego posó sus ojos sobre Hürrem.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora