Amor Podrido

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El incidente de las esclavas rusas no había pasado desapercibido en los pasillos perfumados del harén.
La envidia, la malicia y el temor recorrían los labios de las concubinas como un rumor venenoso: "Hürrem Sultan es devorada por sus celos..."
Incluso el propio sultán había oído los susurros, pero, con su habitual frialdad, no permitió que le perturbara. Si su amada era capaz de arder en tales llamas, era solo porque su amor por él era más feroz que cualquier otra pasión en la tierra.

Sin embargo, Hürrem, siempre vigilante, sabía que en el juego de palacio cada insulto debía ser cobrado con intereses.
Había movido sus piezas como una maestra en el tablero invisible del poder.

La brisa tibia del atardecer agitaba los cortinajes dorados mientras Firial, la esclava predilecta de Ibrahim Pasha, se acercaba haciendo una reverencia profunda.
Hürrem, sentada en su diván de terciopelo carmesí, sonrió con lentitud felina.

-Mi querida Firial... -murmuró con voz aterciopelada-. ¿Cuánto tiempo llevas en este sagrado palacio? Cariño mío, ya es hora de que seas verdaderamente feliz...

-Sultana... yo soy feliz... -balbuceó Firial, sus ojos oscuros brillando con inquietud.

Claro que eras feliz, pensó Hürrem con un destello de hiel. Feliz de traicionarme, feliz de ser las manos invisibles de mi enemigo.

-Lo sé -dijo en voz alta, con dulzura envenenada-. Siempre fuiste tan dulce... tan parecida a Daye Hatun.

Firial sonrió tímidamente. Hürrem supo que había tocado una fibra sensible: Daye había sido su protectora, casi una madre.

-Por eso he decidido premiarte, querida -anunció con entusiasmo fingido-. ¡Te casarás!

Un estremecimiento recorrió el cuerpo de Firial, invisible a los ojos comunes, pero no a los de la Haseki.
Qué deliciosa fragilidad... qué predecible pavor.

-No puedo... -murmuró, apenas audiblemente.

-¿Por qué, Firial? -entrelazó los dedos frente a sí con teatralidad-. No tienes pretendiente aún, pero Nazu Efendi es un hombre honrado... un alma amable.

El rostro de Firial palideció como un velo de seda mojado. La sombra de Hatice Sultan apareció entonces en el umbral, testigo involuntaria de la escena.

-¿Qué haces, Hürrem? ¿Qué crueldad le impones a la pobre Firial?

-Oh, mi señora... -respondió Hürrem con una inclinación elegante-. Solo comparto con ella una dicha. Se casará, abandonará estos muros opresivos y hallará la felicidad de la maternidad.

-¿Es eso lo que deseas, Firial? -Hatice inquirió, una chispa de desconfianza en su mirada.

Hürrem se apresuró a intervenir:

-¡Claro que sí! ¿Qué mujer no ansía un hogar propio, hijos en su regazo?

Firial, rota por dentro, asintió con una mueca que pretendía ser sonrisa. Hatice se retiró sin más palabras, su manto ondeando tras ella.
Una pieza menos en el tablero.
Una traidora desterrada al olvido.

Una traidora desterrada al olvido

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Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora