La caída del sol

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Desde la noche anterior, algo se quebraba en el aire como una cuerda vieja que se tensa hasta su último aliento. La luna, enlutada por nubes espesas, apenas lograba iluminar el mármol frío del harén. Hürrem no había dormido. Sus ojos, rojos de inquietud, miraban fijamente el horizonte desde su diván. No sabía qué le inquietaba... pero lo sentía.
Una angustia densa, como aceite hirviendo sobre su pecho. Como si alguien -algún ángel oscuro- le estuviera avisando que una parte de ella estaba por morir.

Suleimán tampoco descansó. En su estudio imperial los papeles se acumulaban sin sentido. La tinta parecía más espesa, los sellos menos firmes, y los documentos... meros adornos de un mundo que en ese instante le parecía ajeno. Desde su ventana alta, observaba las sombras cruzar los jardines. La noche se sentía eterna, como si estuviera reteniendo el aliento antes de un grito.

Un solo corazón. Un solo presentimiento.
Hürrem y Suleimán sentían el mismo escalofrío. Una herida invisible se abría lentamente en el tejido del universo. Mehmed... algo le pasaba. Lo sabían sin saberlo.

El palacio despertó sin saber que estaba por hundirse. Las concubinas reían con inocencia fingida, los eunucos arrastraban las túnicas de seda mientras hablaban del reparto del tesoro imperial. El herrero del serrallo golpeaba el metal como de costumbre. Los halcones de caza eran alimentados en el jardín de los placeres.

Todo parecía normal.

Pero el aire pesaba.
La brisa olía a sangre.
Los pájaros no cantaban.
Ni uno solo.

Un estruendo.
Un grito.
El rechinar de un carruaje roto y hombres heridos entrando por la puerta principal.

Los jenízaros del primer patio abrieron paso. Un estandarte imperial rasgado. Un grupo de caballeros cubiertos de polvo y sangre. Sus miradas perdidas. El cuerpo inclinado de Atmaka Bey, sujetando apenas la empuñadura de su espada. Los pasos temblorosos de Dilara Nurhabar, su rostro pálido como un velo de lino recién lavado.

-¡Preparen al médico del palacio! -gritó un eunuco.

Pero nadie estaba vivo. Solo el carruaje... y un féretro.

Nadie entendía.
Nadie se atrevía a preguntar.

🥀

Dilara bajó del carruaje con los ojos húmedos y el alma deshecha. Caminó lentamente por los jardines del patio del sol. Cada paso pesaba como una piedra. Cada respiración se sentía como tragar vidrio.

Cuando por fin cruzó las puertas del harén, y vio a Hürrem bajando las escaleras con sus sirvientas, se detuvo. No podía hablar. No encontraba voz.

Pero no hizo falta.

-¿Dilara? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Mehmed? ¿Dónde está mi hijo? -preguntó Hürrem, acercándose con paso rápido.

Dilara cayó de rodillas.
-Madre Hürrem... El príncipe Mehmed... Ha muerto.

El mundo colapsó.
El palacio entero tembló con el grito desgarrador de una madre cuyo corazón había sido arrancado de su pecho.

Hürrem se desplomó en el suelo de mármol con el peso de mil soles extinguidos. No hubo brazos capaces de sostenerla. Las sirvientas retrocedieron como si la tragedia fuera contagiosa.

-¡No... no... NOOO! -gritaba, arañando el suelo, sus uñas dejando líneas de desesperación sobre la piedra.
-¡Mi hijo! ¡Mi Mehmed! ¡Mi alma, mi vida, mi razón! ¡Allaaah! ¡Mi Mehmed no!

Sumbul agha intentó cubrirla con un manto. Pero ella se lo quitó de encima.

-¡Que no me toquen! ¡Déjenme con mi dolor! -chilló con una voz que partía el aire como un cuchillo.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora