Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
-Aún no entiendo por qué... -Hatice lloraba en silencio, temblorosa entre los brazos de Daye Hatun, como cuando era niña y su mundo se quebraba con la muerte de su padre.
-Sultana... -susurró Daye, acariciando su cabello con ternura-. Tu madre, la Valide, era sabia... ella se opuso a ese matrimonio por una razón que el amor no quiso ver.
-Ahora comprendo su silencio... su mirada... Ella sabía. -Hatice respiró hondo, su voz rota y baja.
-Te conozco desde que apenas podías caminar. Si me permites hablarte con el corazón...
-Por favor, Daye. Ya no soy princesa, ni esposa... sólo una mujer rota. Háblame como a una hija.
-Debes ser fuerte, mi niña. El amor puede herirnos como una daga, pero también sanar como un bálsamo. Tardarás meses, tal vez años... pero volverás a respirar sin dolor. Y cuando lo hagas, abre el corazón a otra historia.
-¿Amor, dices? ¿Tú has amado, Daye?
La anciana bajó la mirada. Una sombra de nostalgia nubló sus ojos.
-Sí... amé. Tu madre me permitió verlo a escondidas. Fue breve y secreto, pero ardía con fuerza. Luego... la vida me lo quitó, y me cerré. Fue un error que arrastré toda mi vida. No cometas el mismo, Hatice.
Hatice la abrazó más fuerte, como buscando en ella el calor de una madre que ya no estaba.
-Gracias, Daye. Por no juzgarme... y por quedarte.
-Eres una sultana del imperio otomano, pero más aún, una mujer digna. Volverás a ver flores... con colores intensos y aromas nuevos.
Un largo silencio envolvió a ambas. Sólo se oía el eco distante del viento sobre los jardines imperiales.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Diván Imperial - Aposentos del Sultán
El día había sido incesante en el Consejo. Desde la degradación de Ibrahim, Suleimán cargaba sobre sus hombros no solo el peso del imperio, sino también el de la vergüenza familiar.
Veinticinco cartas se apilaban frente a él. Pero una, con el sello del esposo de Shą Sultan, detuvo su mano.
Al leerla, su rostro se transformó en una máscara de furia contenida.
"Su Majestad, escribo esta carta con dolor en el corazón. Usted sabe cuánto amo a mi esposa Şehrazad, y de ese amor nació nuestra hija Esmehan. Pero hoy, mi mujer me ha traicionado. Como dictan las leyes del imperio, exijo que sea castigada conforme a la ley imperial."
Suleimán gritó con una cólera que sacudió los muros:
-¡LLAMEN A LÜTFI PASHA, AHORA!
Arrugó la carta con violencia y la arrojó al fuego sin pestañear. El fuego crepitó como si ardiera la sangre misma de la dinastía.