El sonido hueco de las arcadas retumbaba en el silencio de la madrugada. La estancia olía a aceite de rosas y a un leve aroma de incienso apagado, pero era eclipsado por la crudeza de la escena: Hürrem Sultan, arrodillada frente al cuenco de cerámica esmaltada, jadeaba débilmente con el rostro pálido y los cabellos rojizos pegados a su frente húmeda. Llevaba así desde la noche, sin apenas articular palabra.
Las criadas se miraban entre sí, conteniendo la respiración. Nadie se atrevía a intervenir. Solo los ojos de Nazlı, aún adolescentes pero sagaces, se llenaban de preocupación.
—Esto no puede continuar así —gruñó Sümbül Agha, cruzando los brazos con impaciencia—. Llamaré a la Sultana Hatice. Ella sabrá qué hacer.
—¡No! ¡Podría molestarse! —protestó una de las criadas, temblando ante la idea.
—La sultana estará encantada. Adora a nuestra Haseki —intervino Esma Hatun, tomando del brazo al eunuco con una expresión que no admitía réplica.
—Llama a Rosella entonces...
—Rosella Hanim vive fuera del palacio, a diez minutos, y la Sultana Hatice está en la habitación contigua. No hagamos esto más difícil —suspiró Sümbül, visiblemente cansado.
En ese instante, un golpeteo rompió la tensión, y Nazlı, sin esperar permiso, entró corriendo a auxiliar a Hürrem.
—¡Ve! —gritó Esma Hatun con súbita decisión. Sümbül no esperó otra orden y salió disparado en busca de la hermana del Sultán.
El ambiente en la alcoba se transformó por completo apenas Hatice Sultan cruzó el umbral. Llevaba un kaftán de brocado púrpura y su rostro reflejaba una mezcla de sorpresa y ternura.
—¡Embarazada! ¡Oh, Allah bendiga a esta mujer! —exclamó con júbilo al escuchar la noticia. Se arrodilló junto a Hürrem y le besó la frente con emoción.
Şah Sultan permanecía en pie, observando con los brazos cruzados y una mirada inquisitiva clavada en la pelirroja. Hürrem no decía palabra, solo contemplaba el suelo, con lágrimas silenciosas corriéndole por las mejillas.
—Menos mal —susurró Şah con una voz cargada de veneno—. Había oído rumores de que no volverías a recibir al Sultán en tu lecho.
Hürrem levantó lentamente la mirada, pero no dijo nada. La tensión entre ambas era palpable.
—Oh, por Allah… No me digan que ustedes nunca cedieron por nostalgia o debilidad. A veces una mujer simplemente deja ir el rencor —dijo Hatice con un suspiro resignado, intentando aligerar el ambiente.
—Sí, ahí tienes tú el ejemplo perfecto de cómo perdonar —ironizó Şah, mirando a su cuñada—. Mira, en nueve meses tendremos otro sobrino.
Hürrem, aún débil, esbozó una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Una adorada sultana —musitó con ternura amarga. Luego miró a Hatice—. ¿Me ayudarás?
Hatice no respondió enseguida. Caminó hacia la ventana, reflexiva.
—No te juzgo, Hürrem —dijo finalmente, con la voz rota—. Muchas veces… perdoné a Ibrahim por poder dormir a su lado. A veces el alma se doblega.
Şah se sentó junto a Hürrem, con el rostro más sereno.
—¿Qué haremos ahora?
—No haremos nada —respondió la Haseki, con una calma que contrastaba con el temblor de sus manos—. No soy una mujer soltera, no es un escándalo. Soy una mujer casada que tendrá otro hijo más, tú lo sabes.
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Serpiente Rusa |Finalizada|
FanfictionTras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
