Erradicar lo impío

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La pequeña Esmeray tenía ya seis meses. Era una niña grande, atenta y sumamente despierta para su edad. Hürrem, con la delicadeza que exigían las circunstancias y procurando no alterar a Nurhan, compartía tiempo con la bebé siempre que Mihrimah pedía verla, amparándose en la inocente petición de la niña para justificar la presencia de la pequeña en sus aposentos.

Esa tarde, los pasos de Mustafá, Raziye y Mahidevran resonaron en los pasillos del harén, anunciando su llegada a las habitaciones de la sultana Hürrem. Como siempre, Mahidevran no dejaba solo a su hijo ni un instante, vigilando cada movimiento, cada palabra.

—Sultana. Príncipe. Sean bienvenidos —saludó Hürrem, con la pequeña Esmeray en brazos.

—Sultana Hürrem, ¿cómo está mi hermana Esmeray? —preguntó Mustafá con dulzura.

—Muy sana. Nurhan Hatun la cuida bien —respondió ella con una sonrisa serena. El niño asintió satisfecho y se marchó corriendo a jugar con Mehmed y Selim, mientras Mihrimah sacaba sus muñecas y se unía a Raziye en su mundo de fantasía.

Mahidevran, con los labios fruncidos y la lengua afilada, no pudo contenerse.

—Veo que te agrada criar hijos ajenos —espetó, envenenando el aire con su tono.

—No se trata de criar niños ajenos —respondió Hürrem sin alterar su voz—. Se trata de tratarlos con respeto y cariño.

—Esmeray no es tu hija. No deberías pedir que la traigan a tus aposentos.

—Mihrimah la pidió —se excusó con calma, sin soltar a la niña.

—Claro… Ni Nurhan cree eso —añadió con sorna, justo cuando entró Gül Agha, desconcertado por la escena.

—Sultanas, nuestra sultana Hatice está afuera.

—Hazla pasar. No la hagas esperar, Gül Agha —ordenó Hürrem.

Hatice entró con su porte siempre sereno y se sentó frente a Hürrem. Al ver a Esmeray, no pudo evitar extender los brazos para tomarla.

—Buen día —saludó, acariciando a la niña con ternura.

—Buen día, sultana. Mihrimah quiso ver a su hermanita.

—Es hermosa. No pude evitar ayudar a su madre cuando estaba en labor. Fue un momento que no olvidaré.

—Hasta yo lo habría hecho —admitió Hürrem con sinceridad.

—A mí me habría costado… pero también habría ayudado. Gülşah me avisó demasiado tarde.

—Sí, incluso yo me enteré tarde —mintió Hürrem, desviando la mirada.

—Con su permiso, me retiro. Mustafá, mi sultana… —Mahidevran se despidió con una ligera reverencia antes de marcharse con sus hijos, sin disimular su molestia.

Hatice y Hürrem permanecieron en silencio unos instantes. Luego, la sultana habló.

—¿Hablaste con él?

—Discutí con él —corrigió Hürrem.

—Hoy por la mañana volvió a decirme que buscaría un esposo para mí.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora