Tras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
El Palacio Imperial estaba envuelto en una atmósfera de esplendor sin igual. Los jardines se habían cubierto de sedas colgantes, las fuentes brillaban con pétalos de rosa flotando sobre el agua y los sirvientes iban y venían como un enjambre, acatando las últimas órdenes de la Valide Sultán. Hafsa caminaba majestuosa entre columnas y patios, supervisando cada detalle con mirada crítica. Nada podía salir mal.
Hürrem, por su parte, se encontraba con sus hijos, asegurándose de que cada uno estuviera vestido con trajes dignos de su rango. Mihrimah, con sus rizos recogidos en una trenza adornada con perlas, resopló molesta mientras su nodriza intentaba colocarle un velo dorado.
—¡Quítame eso! ¡No soy una muñeca como Isabella! —gruñó, arrebatando el velo.
—Mihrimah, por favor… —intentó mediar la criada.
—¡Soy hija de Hürrem Sultán! No necesito parecerme a ninguna princesa extranjera para brillar.
Mustafa quien entró sin anunciarse observando desde un rincón, se acercó con una sonrisa divertida.
—Tú sí que sabes hacer un escándalo, hermanita.
—Y tú sabes cómo sonreír para que todos te aplaudan, aunque estés enojado por dentro —le respondió la pequeña sultana, cruzándose de brazos.
El príncipe se quedó callado un segundo antes de reír, genuinamente.
—Tienes la lengua tan afilada como tu madre.
—Y tú tienes el carácter tan suave como el de la tuya —disparó ella con una sonrisa burlona.
Hürrem apareció justo a tiempo para evitar que la discusión subiera de tono.
—Mihrimah, basta. Acompáñame. Debemos presentarnos ante la madre sultana.
La niña obedeció, aunque murmurando por lo bajo. Mustafa observó cómo se marchaban, con una mezcla de cariño y recelo. A veces, la pequeña le recordaba a una serpiente oculta entre flores.
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Mientras tanto, en otra ala del palacio, las esposas de los funcionarios y los propios dignatarios del Imperio comenzaban a llegar. La sección reservada para ellos estaba decorada con tapices bordados y el aroma del incienso llenaba el aire. El Shayk al-Islam, los asistentes religiosos y el venerable Ebussud Efendi estaban ya presentes, compartiendo bendiciones y reverencias con el sultán.
Era un día de alegría pública. En toda la capital se celebraban circuncisiones, banquetes y ofrendas. Nadie quedaría con el estómago vacío. Era una de las festividades más caras y majestuosas del Imperio, comparable solo con una campaña militar.
—Es un día muy feliz —comentó Hafsa, mientras paseaba junto a Daye Hatun, ambas envueltas en sedas y ornamentos reales.
—Sin duda, madre sultana. Nada saldrá mal hoy —respondió Daye con una rara sonrisa.