La noche que no duerme

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Habían transcurrido cuatro meses desde el nacimiento de los mellizos imperiales. Cuatro lunas cargadas de silencios, de miradas que evitaban encontrarse, de puertas cerradas con firmeza. Y dos meses exactos desde que el sultán Suleimán, con gesto sombrío y voz gélida, se había rehusado a recibir a Firuze en sus aposentos.

—¡No puede negarse! —gritó la joven persa, desgarrando el aire con su voz—. ¡Le di un hijo! ¡Un varón!

Afife, que llevaba años en el harén, no tembló ante el estallido de la concubina.

—Ya tuviste un hijo —replicó con voz seca—. Que haya venido acompañado de una niña es irrelevante. Ya cumpliste. Una noche de placer no te corresponde más.

—¡¿Cómo osas gritarme?! —Firuze se irguió como una serpiente lista para atacar.

—Puedo gritarte y lo haré cuantas veces sea necesario. No eres la única mujer que ha parido a un príncipe.

Firuze se quedó en silencio, con las manos temblando, con la furia hecha nudo en la garganta. No entendía por qué el corazón del sultán, que antes le pertenecía, se le escapaba como agua entre los dedos.

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En el pabellón del sultán, el ambiente era de otro mundo. Las columnas de mármol lanzaban reflejos dorados bajo la luz de los candiles, pero Suleimán no parecía verlos. Estaba reclinado sobre los cojines bordados, con la mirada perdida en algún recuerdo lejano. Su pecho cargaba un peso que ningún visir podía aliviar.

Pensaba en Hürrem.

Pensaba en Cihangir.

Pensaba en Humeyra.

Y en lo mucho que los extrañaba.

Desde hacía semanas, la rusa se negaba a recibirlo. Ni siquiera le permitía ver a sus hijos. Una esclava le traía al pequeño Suleimán de vez en cuando, envuelto en sedas y aromas, pero Humeyra... Humeyra jamás era llevada. La pequeña sultana parecía haberse desvanecido de su vida, y él lo aceptaba en silencio.

Hasta que no pudo más.

—¡Aghas! —llamó con un chasquido de impaciencia—. Llamen a Mihrimah Sultán.

La joven princesa llegó minutos después. Vestía de azul profundo, con el cabello recogido en trenzas finas y una mirada que recordaba a su madre. En sus brazos, como una joya escondida, traía a la pequeña Humeyra, envuelta en suaves mantos blancos.

—¿Qué haces con ella? —preguntó Suleimán, alzando las cejas.

—Su madre está ocupada con el príncipe Suleimán. Me ofrecí a cuidarla. Me encariñé —respondió Mihrimah con dulzura, besando la frente tibia de la bebé.

—Aún es una criatura… —dijo el sultán, observando a la niña con ternura—. Mihrimah, hija mía… ¿quieres quedártela?

Mihrimah se quedó inmóvil. El peso de la pregunta le cayó como un velo húmedo.

—¿Quedármela?

—Tendrás criadas a tu disposición, amas de leche, juguetes, todo cuanto necesites. No será tu hija, es tu hermana. Pero estará bajo tu cuidado.

La princesa miró a la bebé que dormitaba en sus brazos. Sabía que su madre, aunque amaba a todos sus hijos, había distanciado su atención de la niña por una pequeña dolencia congénita. No era desamor. Era miedo. Pero una bebé no merecía crecer ignorada.

—Sí —dijo al fin—. Me quedaré con ella.

Y con ello, Mihrimah, con apenas quince años, hizo lo que ni Hatice, ni Mahidevran, ni Firuze jamás lograron: ganar el corazón del sultán con un acto de amor genuino.

Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora