La Madre del imperio

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El tiempo pasó… y la madre de Estambul aún no se levantaba de esa cama. Día tras día, su hijo y sus nietos acudían a verla, como si su presencia pudiera retener un poco más de vida en ese cuerpo que ya se apagaba lentamente. Hürrem no podía olvidar aquella mañana en que la encontró caída en el suelo, frágil y pálida, temblando de dolor. Bayaceto e Ipek apenas tenían dos años, y ya se habían aferrado con ternura a su abuela Hafsa. A pesar del efecto de las medicinas, que la mantenían débil y somnolienta, la Sultana aún encontraba fuerzas para regalarles una sonrisa. Solo eso… sonrisas. Ya no hablaba. Su voz se estaba desvaneciendo, como su presencia, como su poder. Solo quedaban sus gestos suaves, su mirada cálida y cansada.

—Daye… —susurró apenas la anciana. La criada acudió de inmediato, inclinándose con preocupación.

—Aquí estoy, mi Sultana. No se esfuerce.

—Tráeme papel… y tinta.

Con manos temblorosas, la Sultana hizo retirar a sus criadas. Incluso pidió a su amiga Daye que saliera. Luego, con infinita dificultad, escribió varios documentos. Cada palabra escrita le robaba aliento, pero en cada trazo dejaba su voluntad, su legado, su última protección para quienes amaba. Su sello real, tembloroso, fue la última afirmación de su autoridad.

—La Sultana Hafsa… nos vio aquella vez —comentó Ibrahim, con tono grave

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—La Sultana Hafsa… nos vio aquella vez —comentó Ibrahim, con tono grave.

—¿Y ahora qué haremos? Estamos en problemas —respondió Mahidevran con ansiedad.

—Siempre supe que, en algún momento, alguien nos descubriría.

—¡Sí! Pero alguien que pudiéramos eliminar… ¡No a esa mujer! Si habla, me destruirán… ¡Y decapitarán a mi hijo conmigo!

—Deja de pensar solo en ti. ¿Y yo? He traicionado a la hermana del Sultán, al Sultán… ¡a todos!

—Eso es asunto tuyo, Ibrahim. Yo no tengo la culpa de tus decisiones.

—¿Ese es tu camino entonces?

—Es mi decisión. Y tú sabes que tengo razón.

—Bien… entonces haré las cosas a mi manera.

—Dime una sola vez que no hayas hecho las cosas así tú mismo —replicó ella con tono sarcástico.

Ibrahim se marchó furioso. Había confiado en Mahidevran, una vez más, como un iluso. Pero esa mujer solo sabía cuidar su propio destino. El Gran Visir tenía un plan… y esta vez, nadie lo detendría.

 El Gran Visir tenía un plan… y esta vez, nadie lo detendría

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Serpiente Rusa |Finalizada|Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora