Gizli, la joven de mirada dulce y figura etérea que había entrado al harén como una sombra, ahora orbitaba como una estrella menor en torno al sol de la corte: Hürrem Sultan. Pasaba días y noches a su lado, como si la cercanía de la poderosa Haseki pudiera convertir su destino en oro. Pero como todo en la vida de la sultana, la atención era un regalo efímero, un privilegio que podía volverse humo con el capricho de una ceja levantada. Cuando la pelirroja se aburría, la desechaba como una rosa marchita. Y aún así, ante los ojos del harén, Gizli parecía una favorita... aunque no del sultán Suleimán.
Llevaba días sin ser llamada a los aposentos imperiales. Aunque la rutina bajo el cuidado de Sumbul era menos gloriosa, no era tampoco un castigo. Recibía buen trato de las maestras, comía caliente y vestía limpio. Pero su alma anhelaba algo más que comodidad. Anhelaba el fulgor de la atención de la Haseki.
—¡Hatun! —llamó Kaya Hatun con voz áspera.
—¿La sultana me llama? —preguntó Gizli, con una esperanza mal disimulada.
La mujer rió, como quien se burla de una ilusión inútil.
—No, mujer. La sultana no desea verte. Baja a trabajar. Deja de creerte la favorita del sultán.
El golpe fue más emocional que físico. Volver al trabajo manual era tedioso. Ella había sido tocada por el sol y ahora debía hundirse nuevamente en la sombra.
Al bajar, vio a unas esclavas nuevas. Entre ellas, una mujer de cabellos negros como la tinta más profunda y ojos azul marino que recordaban a los abismos del mar.
—Tómenla a ella. Revísenla y bañenla —ordenó Sumbul mientras sujetaba la ropa de la recién llegada.
Era belleza pura. Peligrosa. Hipnótica.
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En su escritorio, el sultán Suleimán divagaba. Sus pensamientos, tan pesados como las columnas del diván imperial, no lo dejaban en paz. Su pequeño león había estado a punto de morir. Envenenado. Raptado. Perdido durante horas, mientras su madre, su esposa, se consumía entre delirios y sollozos.
—Siento que todo proviene de una sola sombra... —susurró, y su voz se quebró.
Sabía que debía dejar ir a Firuze. Sabía que era un veneno dulce. Pero ¡por Allah! Cuando la miraba... su pecho ardía. Era su musa, su perdición, su pecado. Él, poeta del imperio, se rendía a su inspiración prohibida.
—¿Qué se hace cuando el castigo es justo, pero el corazón se rebela? —dijo una vez más, escribiendo versos que jamás serían leídos por otro.
El eco de su antigua pasión, Hürrem, seguía flotando en esa habitación. Habitación que ella misma abandonó por fuego y orgullo.
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La sultana Hürrem, joya viva del imperio otomano, reposaba con el cabello suelto, luciendo una bata traslúcida que sólo los ciegos podrían ignorar. En la penumbra del viejo palacio, sus risas aún resonaban tras un encuentro íntimo con Leo, su amante. El escándalo era rumor. El rumor era leyenda.
Mientras peinaba su cabello de fuego, evocaba los días de juventud en Rohatyn. Sus mejillas se suavizaban con la nostalgia.
—Recuerdo cuando paseábamos por el lago en primavera... Aunque tú me arrojaste agua —rió suavemente.
Leo, inquieto, asintió.
—Sí... y me regañaste después.
Ella lo miró con ojos que no eran suyos, sino de una joven llamada Alexandra. Y de pronto, el error. El recuerdo no le pertenecía a Leo. No era él.
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Serpiente Rusa |Finalizada|
FanfictionTras ser despojada de su libertad y obligada a presenciar el brutal asesinato de su familia, Alexandra es vendida como mercancía humana en el mercado de esclavos. Su destino cambia cuando es adquirida como un exótico regalo para el sultán del Imperi...
